sábado, 7 de abril de 2012

Entrevista apócrifa con el penitente del futuro


Nacer en un mundo como el tomasino, de alguna manera lo afecta a uno. Para bien o para mal, lo que quiere decir, que no somos neutrales, porque al final de la partida terminamos avergonzados, adaptados o aceptando el fenómeno. O como me dijo un amigo: Al final terminamos jodidos. Nos guste o no, somos flagelantes de este mundo extraño, pero normal.
-PC: ¿Quién eres?
-F: Soy el primer flagelante, el que se martirizó desde los primeros tiempos, incluso, antes que Cristo fuera torturado. Quizá soy egipcio, griego, Romano o español.
-PC: Desde siempre hubo sangre, cuerpos torturados, martirizados…
F: Y también cortes de franela, cuerpos descuartizados por moto-sierras…
-PC: El hombre siempre ha sido así, un salvaje.
-F: Tienes razón, siempre ha estado obsesionado con la sangre. Borges, decía que el hombre es un solo hombre, y siempre ha vivido bajo la ruindad de la tiranía, la violencia…
-PC: Le ha gustado enmascarar sus motivos…
-F: Por política, por economía, por religión, por odio, por venganza, incluso, por amor.
-PC: ¿Por qué te flagelas?
-F: Por algo tan viejo como el odio. Por amor.
-PC: ¿Por amor?
-F: Sí, por amor, el hilo más frágil que me une a mis hijos, a mí familia; aquel hilo que sólo es tangible en el sacrificio por el otro.
-PC: ¿Por el otro?
-F: Sí, el otro, sin el que es difícil seguir existiendo. En el mundo actual, y en los anteriores, el otro no es un comodín, es una necesidad que trasciende la pobre individualidad.
-PC: Bueno, la penitencia es muy vieja.
-F: Tan vieja como el cuerpo y el alma, o como el soplo espiritual que le permite al hombre y a los animales movilizarse. El alma, es otra cosa, es la conciencia humana.
-PC: ¿La penitencia no es acaso una costumbre?
-F: El cuerpo también se acostumbra y aprende de la tradición.
-PC: A ver, explica esto último…
-F: El cuerpo no sólo es una entidad espiritual, es también un ser de costumbre. Es un animal que se adapta a todas las circunstancias terrestres.
-PC: ¿No es una excusa?
-F: Es una explicación, porque las excusas no viven en el mundo de las creencias religiosas, en la fe de los implicados.

-PC: ¿Seguro, que no estás filosofando?
-F: ¿Y desde cuándo el hombre ha dejado de cuestionarse y hacerse preguntas sobre él mismo? El interrogante: ¿Quién es? es tan ardoroso que la mayoría de las veces duele. Como dijo alguna vez, Gabriel García Márquez: “Mi oficio verdadero es ser yo. Eso es muy jodido. No se imagina lo que es cargar con eso…” Esa búsqueda ardorosa lo pervierte o santifica a uno.  Y lo más increíble, después de todo, es que esa búsqueda no es de una sola vía.
-PC: ¡Ah! Pero aquí logras separarte de la prisión de tu cuerpo…
-F: Sí, alejarse de la propia experiencia personal, le permite a uno reírse de sí mismo. Es importante tomar distancia del dolor y los sacrificios para ubicarse mejor en el mundo. Para poder adaptarse mejor a sus ricas o pobres circunstancias.
-PC: Algunos nos tratan de barbaros…
-F: Ese es un simple adjetivo, pero también forma parte del espectáculo, porque corre, toma fotografías y se flagela. Es otro mandante más. Y sin embargo, califica, enjuicia, pero no ayuda a comprender, ni a comprendernos, a tolerar… Adiós, me llegó el turno…
-PC: Espera. ¿Por qué crees que la iglesia oficial le hace tanto reproche a la manda?
-F: Bueno, a la iglesia no le duele “tanto” nuestro martirio; le duele más la disidencia, la herejía, la desobediencia.
-PC: ¿Qué opinas de la vergüenza de ciertos tomasinos frente a la manda flagelante?
-F: Creo que uno no puede explicar lo que no entiende y en este sentido, la vergüenza tiene origen más en la ignorancia que en otra cosa. Culturalmente uno puede estar en desacuerdo con el flagelante, pero uno no puede permitirle a los prejuicios y al desprecio la asunción de esa clase de sentimientos. Un flagelante no es una especie de discapacitado, al que ocultamos para evitar la tara familiar. Es un fenómeno que nos ha trascendido en el tiempo y en la vida espiritual colectiva.
-PC: ¿Por qué te crees el flagelante del futuro?
-F: Dios ha sido incapaz de llenar el vacío del alma del hombre contemporáneo y éste tiene que recurrir, como en el cristianismo primitivo, al dolor y al martirio para poder embrutecerse y olvidarse por unos instantes de sí mismo. La flagelación es un acto de inspiración mística que ocupa la mente del hombre, de tal manera, que por vez primera, en un año, se olvida de sus problemas. Creo que por eso la manda se multiplica en el tiempo de práctica. Por eso, mientras persista el vacío las penitencias y los flagelantes, serán el pan de cada día en el país.
-PC: ¿Qué otra cosa quieres agregar?
-F: La flagelación es el acto mayor del libre albedrio en Santo Tomás. En la concepción y práctica de la libertad humana intervienen la autonomía, la independencia y la responsabilidad del creyente, y por supuesto, su voluntad de dejar de ser un católico ortodoxo. Esta lucha no es nueva y es tan vieja como el mismo hombre y el milenarismo. Bueno, ahora sí llegó mi hora, adiós...

domingo, 1 de abril de 2012

Somos más que flagelación

Los escritores Ramón Molinares, Tito Mejía S y Pedro Conrado Cúdriz

Un día ordinario en la vida de Santo Tomás


La flagelación es un solo día y en viernes santos, el viejo paréntesis de los días cristianos, un día alejado de la cruda cotidianidad nuestra; es una de aquellas gestualidades extrañas y extraordinarias de la que nos vemos abocados cada cierto tiempo y que de alguna manera registran lo que somos: la ilusión de una disciplina, la máscara folclórica de un día de fiesta, la multitud de un libro o el onomástico eterno del santo patrono. Quizá el sujeto flagelante tiene su actuación doméstica como la tiene cualquier hombre del entorno, lo que ocurre es que él ha escapado aparatosamente de la maraña de obstáculos que le impone diariamente el vivir para ser un poco feliz. Sin embargo, este penitente nuestro tiene algo de nosotros, quizá sea un pedazo de Dios o un código del ritual religioso de todos los días, la coma de un día de fiesta, el amor por un hijo o la magia de una mano diestra que construye sueños para leerlos todos los días, o el verde ecuménico de la tierra. Esto tal vez signifique que culturalmente somos más que flagelación, el bello y doloroso ritual extraído de la edad media y del que sabemos muy poco. Somos un poco la partícula visible del mango, el código de un libro, el baile de una niña que ha danzado toda la vida por todos nosotros, la dureza de una calle que anhela el amor de la tierra blanca de los abuelos, la huella literaria de Antonio Aruhanca o la poesía erótica de Tito Mejía, vertida en el sueño de un libro. Así de claro es el tamaño de nuestro ser y así de increíble es el susto del auto-descubrimiento, un espejo dulcificado por la costumbre de ser…

sábado, 31 de marzo de 2012

La poesía flagelante


Cierto día me dijo que a él le hubiera gustado escribir sobre la belleza del flagelante, sobre su imagen milenaria y los tigres de bengala que lo perseguían, sobre los ángeles perdidos que lo abandonaron en los siglos de práctica, sobre el clamor de todas las tardes de verano de todos los viernes santos de todos los siglos en Santo Tomás. Pero es un flagelante en desuso que escucha la tierra, que escucha a los hombres y a Dios, su Dios todopoderoso, por eso tiene un nombre, Manuel, una familia y por eso mismo, forma parte del mundo.

Él sabe que el que escribe tiene algo que decir, por ejemplo “La flagelación no es tortura, es un viaje sagrado por la sangre de Cristo”; o “El flagelante es tozudo, pero tiene algo de nosotros: quizá la religiosidad o la desmesura del ego”; o “Los tontos son otros, los que vienen a observar el movimiento epiléptico del ego flagelante; o “La flagelación es tan compleja, que lo que oculta el capirote, es ignorado”; o “El que rechaza la flagelación, simplemente no acepta este estado místico, otra manera de observar la realidad”; o “Flagelarse es una decisión tan suprema y sagrada como la consumación de la hostia”; o “Yo no me flagelo, pero al observar formo parte del rito”, igual el que sabe observar tiene algo que decir, porque sabe traducirle al sol su belleza, al mar su dolor o su risa, o a la brisa su tardía picardía.  Para él la palabra es sagrada, es como la hostia, no como una hostia. Su comunión con Dios es sin intermediarios, como lo hacían los primeros hombres, sin iglesias y sin la bastedad de las piedras, en la soledad del cuarto, lejos del mundo de las religiones, y la palabra sigue siendo el verbo del amor.

Manuel cree en la belleza, antes y después de la flagelación, antes y después del sufrimiento, antes y después del amor, antes y después de una apuesta de sol, porque la belleza resucita en la piel del penitente, en los ojos del tigre, o en la boca de la amada. La belleza, piensa, es la mano que armoniza la energía, aquella que al final moviliza la disciplina, los pies, el camino, la cruz, la piel herida por el instrumento de Dios, la poesía transpuesta por los siglos de belleza y olvido.

Para esta época la carne le tiembla y un deseo irremediable de regresar al campus de la calle de la Ciénaga le recorre el cuerpo, siente la embriaguez, la compulsión, la adicción. Todo se inicia otra vez en su mente, inexplicablemente, con la misma belleza del pasado, cuando se picaba, sin embargo el ya escribió el poema, libre, y consciente sabe que no puede reescribirlo porque corre el riesgo de destruir la original belleza. Ahora sólo escucha la tierra, y a su Dios, y observa el mundo, extrae la belleza y aprende. De ella vive.




sábado, 24 de marzo de 2012

AQUÍ VIENE EL FLAGELANTE


Son las nueve de la mañana. Estoy acomodado en un taburete, en la casa de los Crecientes, lugar donde se domina visualmente todo el marco de la plaza. A esta hora comienzan a llegar los visitantes, a quienes veo pasar con su carga doméstica, caras largas y espaciosas. En este desfile de gentes hay niños, adultos mayores y jóvenes, mujeres de todas las edades y jovencitas dispuestas a soportar la soledad del sol de la mañana.

Vienen de todas las ciudades y pueblos del departamento del Atlántico, incluso de otros departamentos de Colombia. Entre los visitantes distingo a uno con cara de penitente, a quien sigo sin causar ninguna sospecha. La vigilancia comienza en la plaza principal del pueblo y continua por toda la calle de La Ciénaga hasta verlo culminar su manda.

Le pregunto por su nombre, me contesta que se llama Pedro Juan, así simplemente. Me informa que viene de Baranoa y con gesto de apariencia despreocupado se coloca el capirote o capucha que cubrirá su rostro mientras realiza el doloroso recorrido por “la calle de la amargura.”  Su rostro adusto, manifiesta en los relieves de la frente, un signo de preocupación. Le pregunto si está nervioso y sólo me responde  con un movimiento de cabeza afirmativo. El entorno está envuelto en un valle de silencio.

Observo a mi alrededor la aridez del Caño de las Palomas, sitio de dónde parten los flagelantes y otros mandantes; los rayos del sol hacen su fiesta en los cuerpos intrépidos que se atreven a desafiarlo, en especial en estos hombres y mujeres que se revientan la espalda por cumplir una manda. Aquí se paga la manda por dos razones: cumplirla por el favor recibido del Señor, o por la espera de un favor en el tiempo futuro, una especie de pago adelantado, acto de confianza, que es fortificado por la fe del creyente. “No importa, que no se cumpla,” me dijo hace años un penitente del patio. Entonces qué los mueve, le pregunté. “Nada más y nada menos que la fe” - contestó.

Santo Tomás en este marco del sufrimiento santo, es un lugar estigmatizado por la opinión pública, por la prensa regional, nacional e internacional. Mal que bien, sigue siendo a pesar de todo esto, un lugar de visita para muchos forasteros, que seguramente llegan a este lugar saturados por las expectativas, o por el aburrimiento que los circunda en vida, o tal vez por la aventura existencial de encontrase con algo que sobrepase todos los límites esperados.

A esta altura de la pasión flagelante, Pedro Juan ha terminado de vestirse con el uniforme usual del penitente. Le insisto para que me diga por qué escogió a Santo Tomás para pagar su manda. Me mira exaltado y con tono autoritario me dice que Santo Tomás, es un lugar santo. “Mire a su alrededor, no solamente estoy yo, también está el nazareno y otras mandas.” Lo de lugar santo me impresiona porque yo, que tengo más de 40 años de vivir en esta población no he podido todavía distinguir la santidad por ningún punto de la geografía municipal. Intuyo entonces, que este hombre bajo el síndrome de la fe ha intentado esclarecer su situación religiosa, la personal, pero no la de Santo Tomás.

En silencio y con su séquito, Pedro Juan inicia el camino de su pasión. La disciplina, que es una especie de látigo castigador, con tres bolas de cera en la punta, también está lista, igual la cuchilla nueva de afeitar, con la que se cortan las partes bajas de la espalda, la región dorso lumbar, una vez que los golpes del látigo o disciplina las hayan dormido. La botella de ron blanco, su liquido, se usa para mitigar el dolor y limpiar la sangre que brota de las partes afectadas. 

Los primeros golpes del látigo hacen estragos en la humanidad del penitente. El  séquito le grita que se pegue más duro y más abajo del lugar de donde viene haciéndolo. Al comienzo, el ritmo es doloroso y rápido, luego se empezará a calmar y tomará el ritmo exigido. Cuando Pedro Juan llegue al ritmo máximo de su concentración,  ya habrá controlado el dolor y su angustia.

Observo, en efecto, que hay otros mandantes e incluso que hay niños que sin la conciencia de lo que hacen, cargan,  vestidos de nazarenos y descalzos, una cruz simbólica que tal vez les malogrará la vida en el futuro, porque de estos niños surgirán los resignados para toda  la vida y de ellos los flagelantes. En esta tierra calcinada por el sol, se cocinan las raíces que darán lugar a la continuidad de esta tradición y en este sentido, siempre habrá promeseros porque El Cristo de estos mandantes continuará salvando a alguien del dolor de alguna enfermedad “incurable,” o de la cárcel.

En el camino, me tropiezo con una mujer hermosa y robusta, que con una pollera gigante y emblemática, blanca y con varias crucecitas de color negro, pegada a la tela, recoge la sangre que van dejando los penitentes en el camino; la observo pero ella es indiferente a la mirada del incrédulo.

 Pedro Juan sigue castigándose en su ruta hacia la salvación. ¿Salvación de él o de algún familiar? Esto no lo tiene muy claro; sólo sabe que ofreció una manda de flagelante por alguna culpa contraída antes de su nacimiento, que  ahora tiene que cumplir. (“Es el pecado venial. Pero ahora no sé de qué me estoy salvando” – me dijo dos horas después de la flagelación.)

Le observo y un promontorio de carne comienza a formarse en su espalda. Alguno de sus acompañantes le dice que todavía no está maduro para picarlo. Otro le sugiere que debe golpearse con mayor fuerza. El paso de Pedro Juan es equilibrado y alrededor de él se congrega mucha gente que lo sigue sin espabilar. Su cuerpo está molido por los golpes de la disciplina, pero el sudor que brota de su piel, es un buen síntoma de bienestar.

Pedro Juan me confesó que desconocía el origen milenario de la manda, sin embargo, estaba convencido que no existía otra sobre la tierra que exigiera tanto sacrificio para una fe que no permitía flaquear en ningún momento. “Este dolor fortalece el alma, y el espíritu.” Este penitente también desconocía las corrientes de opinión enfrentadas en el municipio. La corriente vergonzante que no quería saber nada de los penitentes, integrada por los profesionales arribistas de la población, identificados con los titulares de prensa, y otro grupo que creía que la flagelación era una variante de la identidad cultural de los tomasinos, “porque ya había penitentes cuando nosotros nacimos”, me confesó un miembro de la Casa de la Cultura. “Aquí hay penitentes como en otros lugares hay San Benito Abad, Cerro de Monserrate, etc. ¡Aquí hay flagelantes y qué!”

Las cortaduras realizadas en la parte inferior de la espalda de Pedro Juan, hicieron que varias plumas de sangre se derramaran a cántaros. La tela blanca empezó a tomar un nuevo color, el rojo, color que desorbitó los ojos de varios espectadores o dibujó un rictus de asombro, dolor o rabia, que sé yo. “No sé qué sentí,” me dijo una joven extranjera, impresionada por la sangre; otra joven, más religiosa que la primera, me informó que sintió una especie de mareo santo, el inicio de un viaje extraño por la tierra”.

Esta experiencia periodística, nueva para mí, me resultó fascinante. Estaba en todo el centro del hecho periodístico, religioso o sociológico. Nada dependía de nosotros, la flagelación y el resto de las mandas, ejercían su tiranía sobre nosotros, especialmente sobre mí, que me moría de incredulidad. Todo el estado de la racionalidad occidental había abdicado para dar paso al misterio, para no poder dar cuenta explicativa de un fenómeno religioso que sobrepasaba la razón, la ciencia y la tecnología, es decir, algo que no había servido para nada, ni para redimir al hombre, ni para salvarlo de la pobreza material y espiritual. Para nada.

La calle de La Ciénaga estaba emplumada de gentes, parecía un río humano solo perturbado por las olas que levantaba la barca de los flagelantes. A lado y lado de la calle, los vecinos aprovechan el viernes santo para vender licor o dulces que, en última instancia, los ayudaba a  ganar más dinero para poder socorrer la aporreada economía doméstica.

En el trayecto de la manda se encuentran siete cruces para que los penitentes cumplan el ritual exigido: Los pasos, los rezos y los cortes de piel. Cuando Pedro Juan llegó a la última cruz, su juventud no lo salvó del deterioro físico. Aquí, en este lugar, funcionó la primera iglesia, según la memoria oral de los abuelos. Hecha en bajareque y hojas de palma dulce. “Pensé que no iba a llegar nunca,” me confesó el flagelante. En esos instantes, prácticamente media pollera estaba teñida de sangre, y sus pies que estaban cubiertos con una película de suciedad, buscaban afanados la tibieza de la tierra hecha calma para el alma.

El hombre se descubrió la cabeza y unos ojos tranquilos y crédulos le dieron brillo al rostro. Pidió una cerveza, “una sola cerveza” advirtió. Un silencio extraño en aquellas horas hizo su aparición. Un murmullo de voces lejanas se escuchó en el paradero que servía de cantina. Inmediatamente las voces recobraron su encanto y la voz de Pedro Juan se escuchó como un lamento: “La flagelación es una vaina dura, inrrecomendable.” Eran las doce del día.

En este tiempo de descanso físico, como cuando uno juega un partido de bola de trapo intenso, que no da respiro a ninguno de los jugadores, Pedro Juan me habló de su vida ordinaria, “que no era mejor ni peor que las demás vidas. Soy bachiller y hago de todo para sobrevivir, desde hacer mezcla para construir una casa hasta labrar la tierra. A veces, me mata el aburrimiento y voy de un lugar a otro del pueblo, intentando no morirme de hacer nada. Mi mujer me apoya, ella es más creyente que yo, de vez en cuando vamos a misa, cuando se muere un vecino o algún familiar de nosotros. Mi vida sigue siendo igual antes y veinticuatro horas después de pagar la manda. Lo extraordinario es la manda de flagelante. No puedo contarle lo que me pasa este día, a pesar de que llevo tres  de cinco años. Esto que siento es misterioso. Desde el lunes santo, la espalda y todo el cuerpo, comienzan a rascarme, a pedirme, más bien a exigirme que me pique."

De regreso, tomamos otra vía que también da acceso a la plaza. La crucifixión, que presentaba la Casa de la Cultura, estaba al rojo vivo. Miles de personas rodeaban la obra de teatro. Me acerqué hasta donde las gentes lo permitieron, con los rayos ardientes del sol del mediodía quemándome la cabeza. La pasión de la obra desbordaba los límites de lo real porque un policía que observaba la escena de la crucifixión, amenazaba con dispararle a los que impartían látigos a Jesús. Afortunadamente, el compañero que tenía al lado, rompió el hechizo y el pobre hombre pudo regresar a los límites de este mundo.

Regresé a casa cansado, dispuesto a rescribir lo que acababa de  experimentar en la calle de la Ciénega. Esta fenomenología es el resultado de la pasión del viernes. Estoy absolutamente seguro, que el año entrante, con algunas variantes, por supuesto,  el viernes santo será otra vez objeto del mismo guión de la película de siempre. Ojalá, como decía un amigo mío, Jesús no se deje atrapar otra vez.

Dejamos la plaza atrás y salimos en busca de un lugar tranquilo, que nos permitiera seguir hablando de la pasión del viernes. Eran las doce y media del día, el sol ya había hecho estragos en mi humanidad y yo solo quería seguir haciendo los averiguamientos para poder salir de esta oscuridad. Mientras distraído observaba el paso de la gente, Pedro Juan, desapareció de mi vista, no de mi vida, porque él se convertiría en el flagelante de todos los años del futuro.

Ya tranquilo en casa, si se puede hablar de tranquilidad en estos casos, la escritura de este trabajo lo obliga a uno a meditar y a intentar ser preciso frente al tema candente de los flagelantes. Entiende uno la necesidad de revisar la historia del fenómeno, sus implicaciones en la identidad cultural de los tomasinos, la necesidad de abrir una cátedra  que revise la historia cultural de la población y la importancia de incluir esta práctica en la vida religiosa del municipio, revisando factores culturales, políticos, sociales, económicos, antropológicos, sociológicos y teológicos que nos permitan transformar estas prácticas, de tal manera, que estos hombres y mujeres del país se sientan verdaderamente incluidos en la sociedad colombiana, así como están incluidos los arzobispos, los senadores y los presidentes de la república.

 

lunes, 19 de marzo de 2012

El penitente del otro mundo


Nadie lo ha visto, pero todos lo han visto en los sueños de la imaginación de los abuelos, con un capirote o capucha blanca y transparente que le cubría todo el rostro, y con el torso y la espalda completamente descubiertos, descalzo y con una pollera que le cubría también las caderas y las piernas. Sólo los pies volaban al aire libre y bajo un ritmo de tambora donde el fariseo molía la tierra a través del golpe de su alma.

Tal vez esta imagen mitológica tenga origen en los retazos de realidad por la que tanto se ha filtrado la leyenda y la cuentería del lugar; yo también recuerdo cuando mi madre Encarnación y mi abuela Juana, nos contaban, bajo la luz tenue de las velas, la hazaña del hombre que sobrevivió al asalto de media noche del penitente del otro mundo. El espectro venía dándose azote en las horas peligrosas de la noche cuando un tal Jacinto Fontalvo (así se llamaba el hombre), asomó su rostro por la calle de La Ciénaga. Cuando llegó a su casa, y reventó con sus cuatro pechos la puerta de la calle, la cabeza le creció tanto que le reventó la conciencia. Cuando recordó su voz era incoherente y tardó tanto tiempo en recobrar la lógica, que fue necesario traerle el cura para que exorcizara el tiempo de la mala hora.

Bajo esta impronta fantasmal crecimos todos los de mi generación y no sé si agradecerles a los abuelos por haber estado en contacto con esta conciencia mágica del mundo, donde el miedo y la incomprensión de la realidad permitió el origen de estas formas extrañas y graciosas de los gnomos, de los espíritus, de los genios de la noche, incluso de hadas que persisten todavía en salvarnos o asustarnos.

El hombre de la región, especialmente el tomito, bajo la influencia de un mundo en absoluto rural, creyendo en el poder de una fuerza superior a la suya y bajo los poderes ilimitados y perturbadores del miedo, no solo creó a Dios (creer es de alguna manera inventar otra vez a Dios), sino que creó a otras criaturas poderosas que bajo el terror de la oscuridad poblaron la tierra y lo dominaron.

Así fue cómo surgió el penitente del otro mundo y las costumbres mitológicas de la semana santa: prohibido trabajar los viernes santos si no se quería ver correr la sangre de Cristo en el agua que bañaba el cuerpo; o en la piel del árbol que cortábamos para alimentar el fuego del fogón de tierra; igual ocurría con la comida, desde el jueves se dejaba de cocinar la única carne posible de cocción: la del pescado, que se acompañaba de verduras frescas, yuca o bollos de yuca.

Pero ya nuestra imaginación estaba poblada de seres fantásticos: el jinete sin cabeza, la troja, el mundo de las brujas, el caballo del otro mundo. Cuando llegaba la semana santa, especialmente el viernes santos, todos estábamos predispuestos a la sacralidad de las horas, pero también a creer en los seres raros que poblaban el pequeño universo nuestro. Recuerdo que nadie podía abandonar la procesión del viernes santo, si no quería ser atacado por cualquier de estos seres extraños, en especial por el penitente del otro mundo.

Era un mundo complejo y muy sencillo, que admitía bajo la inocencia de la simplicidad, la irracionalidad de seres de otros mundos que lograban convivir con nosotros como si fueran seres de verdad, seres terrestres; no lográbamos verlos pero todos los presentíamos y los percibíamos de carnes y huesos; algunas veces nos hacían extrañas señas y en otras nos tocaban el hombro y desaparecían bajo el terror de cualquier noche de asombros y miedos profundos.

En alguna ocasión, mientras hacía una micción en el patio prehistórico de la casa de los abuelos, una figura fantasmal parecía llamarme insistentemente; no logré saber quién era, porque bajo la perturbación de mi imaginación, huí despavorido del lugar donde me encontraba. Fue la última vez que se me presentó la oportunidad de entrar en contacto con uno de esos seres fantásticos que poblaban el patio de los abuelos.

En otra ocasión, tendría algunos catorce años, me pareció oír el gemido de alguien o de algo en el mismo patio de los abuelos; busqué entre la penumbra del patio y observé el visaje de algo que se movió como una centella; al día siguiente, muy temprano (6 a.m.) busqué las huellas de la criatura y no había ninguna clase de señal en la tierra arenosa del patio, sólo un pedazo de tela transparente (parecía parte del capirote del penitente del otro mundo), enganchado en parte de la cerca que daba acceso a otro patio vecino. Estuve casi convencido del fenómeno por la fecha del acontecimiento: jueves santo. Sin embargo, el pedazo de tela solo no significaba nada. Así que sólo me quedé con el susto de la noche anterior.

No sé si esos seres fantásticos siguen poblando la imaginación, aunque tal vez sigan observándonos desde los lugares comunes de la tierra, desde los puntos menos imaginados del patio o el cuarto de la casa. De cualquier manera, siempre tengo un pie en el susto y otro en la curiosidad. Seguramente cuando el penitente del otro mundo me logre saludar, yo estaré dispuesto a correr o a saludarlo como cuando saludo a mi peor enemigo.

Pedro Conrado Cúdriz, Miembro del centro de memoria de Santo Tomás, Atlántico.

jueves, 29 de diciembre de 2011

La escritura, los profesores y la escuela

                 
“… a los 21 años un joven de hoy ha pasado tres veces más tiempo en juegos virtuales que leyendo.” “… Nuestros hijos son parte de una época de hiperinformación y sobredosis de cambios en la cual lo sabemos todo y recordamos nada.” Cecilia Rodríguez)
“No voy a generalizar. De 30 (estudiantes), tres se acercaron y dos más hicieron su mejor esfuerzo. Veinticinco muchachos en sus 20 años no pudieron, en cuatro meses, escribir el resumen de una obra en un párrafo atildado, entregarlo en el plazo pactado y usar un número de palabras limitado, que varió de un ejercicio a otro.” (Camilo Jiménez, El Tiempo)
“Pero no nos hemos puesto a pensar en serio sobre sus causas y soluciones. ¿Por qué escriben mal los estudiantes universitarios colombianos? Fundamental porque no los han enseñado a escribir.” (Catalina González, El Espectador)
“El problema de los primitivos digitales es que saben usar los aparatos, pero aún no han descubierto cómo usarlos para ser mejores seres humanos.” (Javier Darío Restrepo, El Heraldo)
“Tras leer a Jiménez queda la sensación de que estamos ante una generación perdida…” (Iván Bernal Marín, El Heraldo)
“… Sé de un profesor de cine que ha renunciado a su cátedra en varias universidades por el bajo nivel de los alumnos, y la también profesora y comunicadora Ana Cristina Restrepo mencionaba en su columna de El Colombiano (14-12-11) que la mayoría de sus estudiantes no han ido más allá de la lectura obligada de Cien años de soledad en secundaria… son veinteañeros que se han leído un solo libro en su vida. Y son universitarios; no estamos hablando de albañiles.” (Saúl Hernández Bolívar, El Tiempo)
“Pero su perorata, su manifiesto apesadumbrado, dice más sobre los profesores que sobre los estudiantes.” (Alejandro Gaviria, El Espectador)
Las anteriores citas son de columnistas de prensa que han reaccionado al manifiesto del profesor de la Javeriana, Camilo Jiménez, a excepción  de Cecilia Rodríguez, que en un artículo en El Tiempo trató el tema de la influencia de la internet en la vida de la sociedad y por considerarlo importante, me atreví también a incluirlo.
Creo que no hay que buscar el muerto río arriba, sino analizar el sistema en el que está inscrita la escuela, que le sirve a un reducido grupo de ciudadanos privilegiados. El problema es que el profesor Jiménez era profesor de una universidad privada aventajada en el medio nacional, lo que obliga a colegir que la sal también se está pudriendo en el mundo de los ricos, o ellos también, en sus contextos de clase, tienen que realizar los esfuerzos pertinente para sobresalir en su universo de intereses particulares.
Y esto es grave, porque para estudiar en el exterior, donde se van los hijos de los ricos a realizar carreras pos-universitarias, es pertinente tener previamente una disciplina de estudio, que ayude al ciudadano a desempeñarse según los estándares internacionales. Y solo hoy nos estamos percatando que si por aquí llueve, por allá no escampa.
Y es muy fácil culpar a los profesores o a los estudiantes de la mediocridad de la escuela. El asunto es de más fondo, porque el sistema está diseñado para profesionalizar a los colombianos y no para prepararlos para los desafíos de la vida, lo cual podría traducirse en un mar de mediocridad política, que toca con sus aletas doradas la frágil formación de los ciudadanos. Entre menos sepan hacer las cosas los jóvenes, y menos información manejen, menos peligro correrá políticamente el establecimiento. Este ha sido siempre el pensamiento y la ideología de la egoísta clase dominante en el país.
El problema no es que no sepan escribir, el problema es que la escuela no lidera nada, ni su propia vida institucional. Porque los procesos de formación preuniversitarios del individuo perduran hasta los 16 o 17 años y este tiempo es estéril intelectualmente hablando.  No saben filosofía. Tampoco historia de Colombia. No leen espontáneamente sino bajo la presión escolar. No son buenos ciudadanos. No tienen bibliotecas en su casa y las públicas las usan para realizar las tareas académicas del día. No hablan inglés o francés. En fin, es imposible mantener una conversación con ellos por más de cinco minutos.
La culpa no es de ellos, sino del sistema, que ha seleccionado profesores desadaptados, burócratas de la tiza, que lo único que les importa es la paga. Desgraciadamente es la mayoría de los docentes, que sobreviven estancados en la mancha gigante de la mediocridad. Conozco a buenos profesores, que además de luchar contra la corriente terrible de la juventud estudiantil, tienen también que luchar contra el embravecido mar de la dudosa calidad de sus colegas. Hoy mismo escuché de boca de un jefe de núcleo las quejas contra sus colegas, porque están comprometidos con los problemas de calidad de la educación pública.
Pero la escuela no son solo los profesores y los estudiantes, también la familia tiene puesto su grano de arena en el problema. Sin bibliotecas en la casa y en el barrio y bajo la dictadura de la televisión (un televisor dura encendido en la casa más de 8 horas diarias), con padres semianalfabetos, los estudiantes crecen sin influencias inteligentes. No descarto el mal uso de la tecnología, reinventada para mejorar la comunicación humana; aparatos móviles que no saben manejar los padres de familia y sin embargo, terminan obsequiándoselos a los pequeños hijos, quienes bajo la gravedad de la moda, culminan convertidos en individuos “autistas.” Aislados del mundo social por la obsesión y la compulsión que inspira el pequeño aparato.
La escritura es un ejercicio social antes de culminar en la práctica individual, porque la sociedad toda, en los casos donde es necesaria, la usa para comunicarse habitualmente entre los individuos. Por ejemplo, las cartas de amor, eran un pan de cada día en el pasado; hoy no existen rastros de papel que sirvan de evidencia para que en el futuro, la pareja pueda recordar su idilio, tal como hizo Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha, en su tiempo.
Y todavía hay algo más  importante: en estos tiempos de alto desarrollo tecnológico (léase la internet), la escritura es fundamental para poder interactuar con el que está del otro lado del mundo; la escritura es la huella mayor del cibernauta, la huella imborrable que delata la personalidad y la formación del interlocutor espacial. Claro que hoy, los cibernautas se han inventado ciertos códigos de comunicación, para camuflar su dificultad con la escritura.
Escribir requiere de dos ejercicios inseparables: la lectura y la escritura diaria, ejercicios esquivos en la escuela de hoy; aunque conozco casos aislados de profesores que están haciendo lo indispensable para mejorar estas habilidades entre sus estudiantes. Pero no es una política de la escuela toda. Creo, sin embargo, que es un problema de imaginación y voluntad de hacer las cosas bien. Con la prensa escrita se puede leer la historia contemporánea y hacer ficheros para comprender la historia de Colombia, o con libros de cuentos cortos, o poesía de bolsillo, se puede también contaminar del placer de la lectura a los alumnos, quienes al final, terminarán escribiendo actas, cartas, poesía, cuentos o ensayos.
La escritura es un desafío fundamental en la experiencia del joven, quien aprenderá a manejar la simpleza, el tiempo, la extensión, la claridad, la sintaxis, la soledad, la profundidad, y a descubrir su inconsciente y el placer que genera descubrirse así mismo. Porque escribir es desdoblarse en imágenes, palabras y oraciones ocultas. Cuando la mayoría de los profesores tengan esta experiencia, serán capaces de trasmitir el placer y la pasión por la lecto-escritura entre sus estudiantes.
Esto significa que la escuela debe cambiar culturalmente hablando, subvertir los valores y la mediocridad actual, encontrar un modelo que le permita construir un liderazgo ciudadano para permitirle a los estudiantes actuar con eficacia en el mundo donde conviven, y no sólo para escribir cartas de amor, también para saber elegir a sus gobernantes…
Pedro Conrado Cúdriz, creacionespeco2





viernes, 2 de septiembre de 2011

LA MAGIA DE LA BÚSQUEDA

 

Cuando estamos en la búsqueda de algo, tropezamos emocionados en el camino con cosas inesperadas que de alguna manera, sirven a los propósitos de lo que buscamos. Esos encuentros fortuitos con las cosas de la vida obedecen a la magia de un instante inolvidable y a la búsqueda incansable de objetos invisibles. Los abuelos, con el tino de la sabiduría del tiempo, dicen todavía que “quien busca encuentra.” Sólo ahora y solo hoy somos capaces de comprender lo mágico de esta sentencia, su simplicidad, pero también su compleja relación con la profundidad del camino.

                                                 

El encuentro con esas cosas aparentemente fortuitas y perdidas en la imaginación de un cajón o un closet, tiene relación con la voluntad y la paciencia de un sujeto prendido del misterio y del prurito de la búsqueda; individuo obsesivo y sabio que sabe que en el camino de la búsqueda están los premios y la excitación de la vida.

La búsqueda funciona con el acto mágico del encuentro, con esa posibilidad maravillosa del descubrimiento no intencional, o con el contacto directo con ese algo sustancial que aparece ante nuestros ojos fascinados y que nos obliga a exclamar: ¡Ah, pero esto también me sirve!

En esa búsqueda de todos los días, tropezamos con algo inusual, con un poema, o un artículo de prensa olvidado, o un libro perdido en la memoria de la biblioteca, mientras las circunstancias, los duendes y las cosas se ponen al servicio del milagro.

Buscar resulta entonces, un ejercicio placentero, un ritual que nos acostumbra a las polillas, al olor afiebrado de los libros y a los viejos artículos de prensa guardados con un celo desconocido; un ritual primitivo que ha permitido al hombre llegar a la luna, conquistar los espacios físicos,  incrementar su imaginación y fortalecer su voluntad de escribano y poeta de lo místico.

Buscar posibilita el encuentro con nosotros mismos, con nuestro espíritu y nuestros ojos, que son los espejos visibles de lo interno; buscar es más que una metáfora de la vida, buscar es el camino, el encuentro con la aldea perdida que se anida en la selva interior del ser, con el mundo que hemos estado buscando toda nuestra vida...