viernes, 22 de febrero de 2013


El oficio de no escribir
Por: Héctor Abad Faciolince                                                                                         

Uno de los poemas más célebres de Jaime Gil de Biedma, el gran poeta catalán que escribía en castellano, se titula “De Vita Beata”. En uno de los versos sobre la vida ideal y serena con la que sueña, se equipara la escritura con el sufrimiento y también con la molestia de pagar las cuentas. El poema es breve y dice así:
En un viejo país ineficiente
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No
leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
Todos hemos escrito a veces con un placer gozoso, e incluso hay escritores que dicen haber escrito siempre en ese estado de placentera beatitud. Pero escribir a diario, siguiendo el viejo precepto de Nulladies sine linea, ni un día sin una línea, puede ser también una tortura, un esfuerzo superior a nuestras fuerzas, y una frustración cotidiana cuando los resultados no se compadecen con nuestro esfuerzo ni con nuestras expectativas. Yo opino que hay dos tipos de escritura, y que una de ellas nos lleva, más que la otra, a la angustia y al desaliento, cuando no al conocido bloqueo del escritor, o incluso peor, al abandono de la profesión, o incluso un poco más allá, hacia el abismo, como diré luego. Intentaré explicarme.
La gran disyuntiva de nuestra profesión consiste en escribir con un propósito o sin ningún propósito, con un plan o sin un plan, con una idea clara o sin tener ni idea, con una meta trazada de antemano (y que por lo tanto podemos saber si la alcanzamos o no) o sin ninguna meta conocida, haciendo camino al andar, como en los archifamosos versos de Machado. La conocida angustia del escritor frente a la página en blanco es la misma angustia de un místico que no oye o que no siente la presencia de Dios. Aguza la vista y el oído, pero no percibe ningún signo que llegue del más allá. La página está en blanco y el Espíritu Santo, las Musas, el Ser, lo que sea, nadie nos dicta nada. La quietud y el bloqueo ante la página en blanco, en realidad, es sordera: no es que nadie nos dicte palabras al oído, sino que no las oímos. Sentarse a escribir sin ninguna idea, sin un objetivo claro, sin una meta, produce un tipo de escritor más angustiado. Otra cosa es saber lo que se hará, incluso antes de sentarse frente a la hoja en blanco: la escritura dirigida a un fin, la escritura instrumental. Quiero explicar la complejidad del número Pi. O bien me dirijo al gobierno de la ciudad para pedirle que corten o que no corten el árbol que hay al frente de mi casa; para pedirle que arreglen la acera o recojan la basura, o para denunciar a un vecino que hace ruido o que expende drogas. O una amiga ha perdido a su único hijo: debo escribirle una carta de condolencias; es una querida amiga, estamos sufriendo sinceramente por su dolor y queremos que ella entienda que nuestra solidaridad es sentida y franca. En estos últimos casos no hay angustia frente a la página en blanco. Si mucho hay esfuerzo por traducir al lenguaje unos pensamientos específicos que ya están listos en nuestra cabeza. El trabajo consiste en encontrar las palabras precisas y en combinarlas de una manera adecuada que consiga transmitirle al otro, un lector concreto, lo que está en nuestra mente: ser claro al explicar lo complejo del número Pi; convencer al funcionario de que actúe de determinada manera, hacerle saber a la amiga lo que realmente sentimos y, de ser posible, generarle algún consuelo con las palabras. Si el municipio resuelve cortar el árbol, o no cortarlo, según nuestros deseos, sabemos que nuestra escritura ha sido exitosa, que hemos cumplido o hemos fracasado.
Pero otras veces nos sentamos a escribir sin saber qué historia vamos a contar. Hay una cosa abstracta con una cierta forma que se llama cuento o novela o poema, y a esa cosa abstracta aspiramos: aspiramos a que las palabras se conviertan en un cuento o en una novela o en una poesía. En este caso es como quien empieza a comer sin apetito (más aún: ¡sin comida!), y por el mismo arrastre del pensamiento, por el solo acto de masticar aire o de escribir sin ganas, se va entusiasmando y sigue y sigue hasta sentirse lleno. Si tiene suerte, a alguna parte llega. “Yo no busco, encuentro”, decía Picasso. Se traza una línea sobre el lienzo o sobre el papel y esa línea me lleva a otra que empieza a adquirir forma de algo. De repente vemos que vamos hacia un caballo, y el caballo se va formando no porque tuviéramos el plan de dibujar un caballo, sino porque las primeras líneas casuales me llevaron al caballo. Una cosa es el pintor que se planta frene a un paisaje y lo pinta, y otra el pintor que en un taller se para frente a un lienzo sin saber lo que hará y simplemente unta el pincel con el color de un óleo y lo apoya sobre la tela. Hay que escribir una primera letra, A, B o C, o una primera frase. Así se puede empezar escribir cualquier cosa, y quizá lo mejor sea comenzar del modo más convencional.
Uno de mis más amados héroes literarios es un perro. No es un perro andaluz ni catalán, sino gringo. Se llama Snoopy y es el perro de Charlie Brown, el de las tiras cómicas de Peanuts, que en Colombia eran conocidas como los cómics de Carlitos. No voy a hacer ahora, al estilo de Umberto Eco, una fenomenología semiótico retórica de las estrategias narratológicas de Snoopy. Me voy a limitar a uno de los hallazgos más graciosos y duraderos de Charles M. Schulz, su creador. El 12 de julio de 1965 Snoopy se sentó ante su máquina de escribir mecánica puesta encima del techo de su perrera de tablas, y empezó a escribir la novela extraordinaria que lo volvería famoso hasta el final de la Historia:
It was a dark and stormy night.
Era una noche oscura y tempestuosa.

Según parece, esta es una frase tomada de una no muy buena y sí muy florida novela victoriana escrita por el barón Edward Lytton, en 1830. Este origen no importa mucho. Lo importante es que “Era una noche oscura y tempestuosa” ha pasado a ser, para muchos, el emblema perfecto de la dificultad de escribir y, más aún, del bloqueo de un escritor. Snoopy quiere escribir “The Great American Novel”, la Gran Novela Americana. Incluso hace un intento, la manda a una editorial, y un redactor le contesta entusiasmado haciéndole el siguiente elogio: “Your novel has a veryexcitingbeginning”. Su novela tiene un comienzo apasionante.
El caso es que una y otra vez, a lo largo de los años, Snoopy se sienta en el techo de su perrera y empieza de nuevo la Gran Novela que escribirá algún día: “Era una noche oscura y tempestuosa”. A veces improvisa variaciones: “Era una hermosa mañana de primavera”, “Era un perrito oscuro y tempestuoso”, “Era un joven oscuro y tempestuoso”, “Era una tarde oscura y tempestuosa”, “Era un tempestuoso y oscuro mediodía”… A continuación arranca el papel de la máquina de escribir, lo arruga y aprieta con los dedos, y lo tira hacia atrás, al suelo, donde hay ya una constelación de papeles descartados. Como usted, como yo, como cualquier novelista, Snoopy no sabe bien cómo empezar, y la mayor parte de lo que escribe va a dar a la basura.
Todo novelista, todo poeta, es consciente de la importancia que tiene en un libro la primera frase, el primer verso. Incluso Dios sabe muy bien que uno no puede empezar un libro sagrado con cualquier versículo: En el principio era el Verbo. Y compitiendo con Dios todos los escritores nos esmeramos en producir, quisiéramos inventar, un principio memorable y prodigioso: Nel mezzo del cammin di nostra vita. Cuando me paro a contemplar mi estado. En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme. Call me Ishmael. Los matrimonios felices se parecen todos; los infelices lo son cada uno a su manera. Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Por mucho tiempo he estado acostándome temprano. Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. ¿En qué momento se jodió el Perú? No he querido saber, pero he sabido…
Todos estos son principios justamente célebres de poemas, de novelas, de Evangelios. Pero si uno no es Dios, ni Kafka, ni Tolstoi, hay que empezar de alguna manera. Así sea diciendo: Era una noche oscura y tempestuosa. O bien, fingiéndonos más originales: “Era una límpida y hermosa mañana de primavera.” Y seguir, con el impulso: Los pájaros cantaban en los árboles. De repente se oyó el graznido inusual de un ave desconocida; un graznido que jamás se había oído por allí. Snoopy se sobresaltó, quitó la vista del libro que estaba leyendo y buscó con los ojos el origen de aquel graznido espantoso. Entonces lo vio, parado en la rama más alta del palo de mango. Era un ….” Y según lo que sea, según lo que Snoopy se imagine o decida que esa cosa parada en el árbol sea, la historia se formará de una o de otra manera, tomará un rumbo realista o fantástico, mágico o habitual: si era un ángel, o un caballo, o una lora, o una mujer desnuda, o un ave Fénix, o un platillo volador, o un aparato con un sonido grabado, la historia tomará uno u otro rumbo diferente.
A muchos escritores les gusta escribir así, sin una meta trazada de antemano, sin un plan. Otros, en cambio, por algún motivo de talante o carácter, prefieren una escritura más parecida a la escritura con un fin determinado: saben exactamente desde el principio qué es lo que quieren contar, casi como el traductor, que sabe de antemano qué va a traducir, y cuántas páginas durará su travesía. Primero han elaborado un plan, un plano en su cabeza, una historia completa: irán delineando unos personajes y una trama, antes siquiera de poner una sola palabra en el papel; sabrán lo que sucede al final y lo que en cada capítulo va a acontecer. Saben la edad de los personajes, su estado civil, sus enfermedades, su posición social, sus ingresos mensuales, el nombre de sus hijos, el tamaño de su casa, el barrio en el que vive, su religión, todo. Cuando todo se sabe de antemano, escribir una novela se parece al oficio de traducirla: el traductor traduce de un papel ya escrito, el escritor traduce de un mapa mental completo y, como el traductor, va escogiendo las palabras. Casi como escribir una carta de negocios, o un alegato jurídico, solo que en una prosa más literaria.
La escritura argumentativa (las columnas de opinión para la prensa, de las que muchos vivimos) es también de este tipo: hay una tesis política, hay un hecho, y tenemos una opinión determinada, unos argumentos, queremos sentar una posición. Se trata de hallar ejemplos, silogismos, entimemas, y demostrar nuestro punto de vista.
La palabra poética, en cambio, se parece más a la escritura del otro tipo, a la escritura sin un claro propósito. Yo me la represento siempre como si el poeta fuera un aparato altamente sensible, como un radar que buscara captar señales de vida de otra galaxia, o mejor, de un modo más realista, como un sismógrafo. El poeta está quieto, en silencio, o caminando, o en medio de una gran algarabía, pero siempre con el sensor encendido. De repente algo empieza a vibrar en el sismógrafo: estoy en Antioquia pero percibo un gran terremoto en la China; es una vibración levísima, imperceptible para cualquier ser humano, menos para mí, que trazo en el papel unas líneas inhabituales que dicen: “terremoto en la provincia de Sichuan”. El poeta percibe en el fondo de su mente las vibraciones más tenues de la realidad humana y así como el sismógrafo traza en el papel unas líneas significativas, así el poeta traduce a las palabras su oscura, lejana, leve percepción. El poeta mira, siente, percibe y escribe: pueden ser unos versos muy sencillos, como estos de Robert Frost:

Some say the world will end in fire,
Some say in ice.
From what I’ve tasted of desire
I hold with those who favor fire.
But if I had to perish twice,
I think I know enough of hate
To say that for destruction ice
Is also great
And would suffice.
O estos otros de Santa Teresa:

Mira que el amor es fuerte,
Vida, no me seas molesta,
Mira que sólo te resta,
Para ganarte, perderte;
Venga ya la dulce muerte,
Venga el morir muy ligero,
Que muero porque no muero.
¿De dónde pueden haber salido esas palabras? Espontáneas no son: hay que tener lecturas y algún conocimiento de métrica, de ritmo y de prosodia: pero eso es simplemente acomodar las señales del sismógrafo a una especie de alfabeto que se llama lenguaje poético: el alfabeto poético está hecho de ritmos, de sonidos, de repeticiones. Como el músico oye un tema musical antes de oírlo, así el poeta percibe un tema poético antes de traducirlo a las palabras. Un tema que está hecho de ideas y sonidos.
Cuando uno se plantea la escritura, incluso la escritura en prosa, de este modo más poético, a la manera del sismógrafo que espera registrar algo que no se sabe, pero que en algún momento se percibirá en alguna parte del mundo, la vida puede ser muy angustiosa. Por eso, cuando envié mi propuesta de esta charla, la planteé de la siguiente forma: “escribir angustia tanto que todo puede terminar muy mal, en un hotel de mala muerte en Turín o en cualquier otro sitio. Como al escribir nos enfrentamos con lo más hondo, con lo más sucio y lo más limpio del yo, puede decirse que el de escribir es un oficio tan peligroso como el de un desarmador de bombas.” Voy a tratar de explicar por qué el oficio de escribir es peligroso.

Se dice, con más razón que sorna, que el único riesgo profesional de los poetas es el suicidio. No sé si hay estadísticas, pero tengo la impresión de que los escritores se suicidan más, proporcionalmente, que los mortales de otras profesiones. Si hago un censo mental, muchos nombres se me vienen a la mente, desde la antigüedad hasta hoy, mujeres y hombres: Safo, Lucrecio, Séneca, José Asunción Silva, Mariano José de Larra, Virginia Woolf, Salgari, Trakl, Leopoldo Lugones, Mishima, Alejandra Pizarnik, Hemingway, Sylvia Plath, María Mercedes Carranza, SándorMárai… Ustedes seguramente conocerán el nombre de algún poeta o novelista neerlandés que yo no he leído, estoy seguro de que existe. Yo les doy el de un antioqueño: Camilo A. Echeverri. Hace un par de años, la gran promesa de la narrativa estadounidense, David Foster Wallace, fue hallado ahorcado en el garaje de su casa: un novelista de 48 años, muy sensible y muy inteligente, que ya en otras ocasiones había pedido que lo protegieran de su propia pulsión de quitarse la vida.
Primo Levi le dedica el sexto capítulo de Los hundidos y los salvados al suicidio de Jean Améry, ese escritor austríaco que se puso un nombre afrancesado, pues por odio a Alemania odiaba también el sonido de su nombre alemán (Hans Mayer, y Améry es el anagrama de Mayer). Dice Levi que “su suicidio, como todos, admite una nebulosa de explicaciones”. Esa misma nebulosa se ha empleado después para tratar de explicar el suicidio del mismo Levi, llevado a cabo -al parecer- más para evadir la enfermedad que para huir de las pesadillas memoriosas de Auschwitz. Ocurrió en 1987, aunque con la ambigüedad que muchos suicidas prefieren, de modo que las familias puedan aferrarse a la duda de un accidente: se precipitó por el hueco de las escaleras del edificio donde vivía, en el barrio de la Crocetta, en Turín, sin dejar carta de despedida ni dar antes noticia de sus intenciones.

No hace mucho se celebró el centenario del nacimiento de Cesare Pavese, otro homicida de sí mismo, en la misma ciudad del norte de Italia. Esto me llevó a releer páginas de su diario. Ahí, al final, y poco antes de que se matara, dejó escrito: “Los suicidas son homicidas tímidos. Masoquismo en vez de sadismo.” Maupassant (que se murió de enfermo un año después de intentar suicidarse) lo definió de un modo casi inverso: “El suicidio es el sublime valor de los vencidos.” La última entrada del diario de Pavese, el 18 de agosto, me ha dado siempre escalofrío: “Sin palabras. Un gesto. No volveré a escribir.” Y diez días después, el 27 de agosto, se encerró en un cuartico de hotel de mala muerte, el Hotel Roma de Turín, donde se tomó un frasco de barbitúricos y dejó escritas todavía un par de frases más: «Perdono tutti e a tuttichiedo perdono. Va bene? Non fatetroppipettegolezzi.» “A todos les perdono y a todos pido perdón. ¿Está bien? No hagan muchos chismes”. Y por supuesto el chismoseo empezó de inmediato: la causa de su suicidio, dijeron los más, era la impotencia. A los impotentes literarios les encanta la impotencia sexual de los escritores. Cuando no explican por ella el suicidio, por ella explican la dedicación a las letras. Por la impotencia han querido explicar la grandeza literaria de Borges, como una compensación freudiana, pues a un argentino, necesariamente, hay que darle una explicación freudiana.
Pavese murió en la soledad de un cuarto de hotel, pero hay escritores a los que no les gusta suicidarse solos. Heinrich von Kleist cambió varias veces de novia hasta que al fin una, HenrrietteVogel, aceptó quitarse la vida con él, a orillas del lago Wannsee, cerca de Berlín. El lugar del suicidio de esta pareja es hoy un sitio de peregrinación. Se trata de un ricón apacible, bucólico, como si los románticos escogieran con gusto incluso el sitio de su muerte. Otros suicidas en compañía fueron Arthur Koestler y Stefan Zweig. El primero se quitó la vida en un pacto suicida con su tercera esposa, Cynthia Jefferies. También Zweig lo hizo con su esposa, LotteAltmann, en Persépolis, Brasil, donde se había refugiado a raíz de las persecuciones a los judíos durante la segunda guerra mundial. El suicidio de Koestler, otro judío perseguido por los nazis, obedeció más a sus convicciones a favor de la eutanasia: estaba enfermo de Parkinson y leucemia. Lo raro es que su esposa estaba sana como una manzana.
Albert Camus, que murió en un accidente sin visos de suicidio (aunque hay quien diga que fue un asesinato de los servicios secretos soviéticos), dejó escrito lo siguiente al principio de El mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.”

Algunos escritores, más que cartas, dejan libros completos sobre su ánimo suicida. Henri Roorda van Eysinga, un escritor suizo no muy leído hoy en día, y es una lástima, terminó su último ensayo Mi suicidio, poco antes de pegarse un tiro en el corazón, a los 55 años, en 1925, y después de una vida dedicada al humor y a la defensa de la educación libertaria. Allí, en Mi suicidio dejó escrito: “Amo enormemente la vida. Pero para gozar el espectáculo hay que ocupar una buena butaca, y en la tierra la mayoría de las butacas son malas.” Antes de quitarse la vida, Jean Améry escribió también un libro extraordinario sobre el suicidio (Levantar la mano sobre uno mismo) donde explica que la primera lógica de la que escapa el suicida es la del axioma que está a la base del comportamiento vitalista de casi todos los entusiastas: “la vida es el bien supremo”. Si esto se niega, “la vida no es el bien supremo”, o si no siempre lo es, o si en determinadas circunstancias la vida es lo contrario, un gran peso y un gran mal, se entenderá mejor el salto que dan, que deben dar, los suicidas. Su mundo no es nuestro mundo. Así lo dijo Wittgenstein (un suicida de los que no se matan, también hay muchos de estos) en uno de sus aforismos: “El mundo de quien es feliz es otro distinto al mundo del que es infeliz.” El suicida, al darse una muerte libre, voluntaria, quiere hacer cesar ese mundo para él infeliz.
Por no entender este pensamiento elemental (que a veces la vida no es buena) los estados y las religiones han perseguido durante mucho tiempo el suicidio, calificándolo de delito y de pecado. En algunos países, incluso, se llegaba al absurdo de castigar el suicidio con la pena de muerte. Toman el cuerpo exánime del suicida, lo cuelgan y lo exponen al escarnio público, para que aprendan. De alguna manera la Iglesia, al prohibir que los suicidas fueran “enterrados en sagrado”, castigaba con la pena del destierro (del cementerio) a los suicidas, considerados como “discípulos de Judas”. En Colombia, algunas mentes abiertas, hace ya más de un siglo, fundaron un cementerio para ateos, masones y suicidas, El Cementerio Libre de Circasia. Por valientes como ellos, y para no perder clientes en sus ceremonias de entierro (los ritos de paso son una de sus mayores fuentes de ingreso), la posición de la Iglesia Católica se ha vuelto más compasiva.
Hay quienes se matan tranquilos, planeándolo muy bien; otros, en un arranque repentino de autodestrucción. Unos sobrios, otros drogados. El poeta colombiano Juan Manuel Roca desaconseja que nos matemos borrachos: “Es el problema del alcohol -dice-; alguien puede suicidarse y al día siguiente no acordarse de nada.” Es un chiste, pero podría no serlo. Un gran experto inglés en suicidios literarios, A. Alvarez, intentó suicidarse, borracho, una noche de Navidad, después de una terrible disputa con su mujer. Se despertó tres días después sin acordarse de nada, pero con la sensación de que ya sería para siempre un suicida frustrado. A veces el intento serio de suicidarse una vez, quita para siempre las ganas de suicidarse, no sé por qué. También él escribió un estudio estupendo sobre el suicidio: El dios salvaje.
Creo que la raza de los escritores suicidas, pero indecisos, se han inventado otro tipo de estrategia para no matarse, y para ni siquiera intentarlo. Me refiero a los escritores que, en vez de dar el salto, trasladan el propio suicidio a sus personajes. Así hizo Shakespeare con Ofelia, Romeo y Julieta, Goethe con el joven Werther, Tolstói con Anna, Flaubert con Madame Bovary y Schnitzler con el subteniente Gustl. Es raro, pero si uno suicida a alguien en un libro, se experimenta una muerte que de alguna manera sacia la ansiedad por la propia muerte. Lo sé por experiencia propia. En su teoría de los ex – futuros Unamuno habla de esto. Werther, dijo Unamuno, es el ex futuro suicida de Goethe.
Otros, en cambio, se despiden con ira. Me gusta la furia final de Chatterton: “Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos. / Amantes de la riqueza, adoradores del engaño.” Piensa uno en los ladrillos de nuestras ciudades, y lo entiende. Supongo que si el cuerpo no tiene el buen gusto de morirse a tiempo, uno tiene el deber ineludible de matarse.
Mientras llega ese último instante de lucidez en las tinieblas, habrá que seguir viviendo. Sí, viviendo, aunque tal vez con el mismo sentimiento de culpa que escribió una vez Thomas Bernhard en sus memorias: “Nada he admirado más durante toda mi vida que a los suicidas. Me aventajan en todo, yo no valgo nada y me agarro a la vida, aunque sea tan horrible y mediocre, tan repulsiva y vil, tan mezquina y abyecta. En lugar de matarme, acepto toda clase de compromisos repugnantes, hago causa común con todos y cada uno, y me refugio en la falta de carácter como en una piel nauseabunda pero cálida, ¡en una supervivencia lastimosa! Me desprecio por seguir viviendo.”
¿Por qué es tan peligroso el oficio de escribir? El bloqueo, la sordera sideral, es una de las explicaciones. Juan Rulfo nunca se suicidó, pero sí se alcoholizó. Durante años estuvo diciendo que estaba a punto de terminar su segunda novela, La Cordillera. ¿Por qué todo el mundo tenía que exigirle que escribiera otra novela? ¿No era suficiente con Pedro Páramo? ¿Por qué tiene que sonarle a uno la flauta más de una vez en la vida? ¿Para vivir, para ganar dinero, para que las editoriales ganen dinero? Hugo von Hoffmannsthal, en su famosa Carta de lord Chandos, explica por qué renuncia a escribir. La realidad es inefable, dice, y se va a dedicar a contemplarla en silencio. Si a los escritores, después de haber escrito algo, nos dejaran en paz, podríamos dedicarnos a contemplar en silencio la realidad, que es muda, o que ya no nos habla a nosotros. Y aunque ya no nos hable, podríamos seguir viviendo hasta morirnos, sin tener que matarnos antes de tiempo o sin decir la mentira de que estamos a punto de terminar una interesante novela que se llamará La Oculta.
La presión es mucha; la ajena, pero sobre todo la propia, esa lápida que nos ponemos sobre la nuca al escoger este oficio. Hay que seguir escribiendo. O no escribir, y matarnos. O no matarnos, ni escribir, sino irnos a vivir a una cabaña en las montañas o en un pueblo junto al mar. O fingir que escribimos. Tal vez esta sea la mejor solución. O escribir, aunque sea mal; lo que uno simplemente debe hacer es coger una página en blanco, apoyar encima el bolígrafo, y empezar: Era una noche oscura y tempestuosa.

Conferencia en el Instituto Cervantes de Utrecht, Holanda. Enero de 2011.


jueves, 25 de octubre de 2012

No es a las farc a quienes hay que convencer



¿Cuál es la esencia del encuentro en Oslo? La derrota de las armas por la dialéctica. Porque la guerra es la imposición de la fuerza bruta al talento intelectual.

Después de medio siglo de guerra fratricida, todo ha sido inútil: la pérdida de los mejores hombres, el derramamiento de la sangre inocente y el gasto de las más ingentes sumas del dinero de los colombianos. Solo después de esa monstruosa inutilidad las partes se convencieron de que ninguna logró sus propósitos. En este choque violento, la cresta de las Farc estuvo en los años noventa, con la guerra de posiciones, la toma de bases militares y la retención de tropas. La cumbre cimera la coronó el establecimiento entre 2002-2008, con el bombardeo extraterritorial, la liberación de los retenidos y los falsos positivos. Pero en esa parábola de la guerra, ni el ejército oficial, —el más poderoso y equipado de Latinoamérica—, fue capaz de diezmar al ejército rebelde, ni las Farc de alcanzar la Plaza de Bolívar: es el empate asimétrico de la guerra. Ese grado de conciencia, esa certeza incuestionable, es la razón para que las partes en conflicto vuelvan a la mesa de diálogo.

¿Cuál es la esencia del encuentro en Oslo? Es la victoria de la inteligencia sobre la fuerza o la derrota de las armas por la dialéctica. Porque la guerra es la imposición de la fuerza bruta al talento intelectual. Ante la pequeñez de su inteligencia, quienes defienden unos intereses mal habidos recurren al odio, y empuñan las armas para vencer a quienes tienen la razón, y usan la palabra para hacerla valer. Ese es el drama de la guerra, hecho realidad en el Gorgias de Platón. Allí se enfrenta la palabra de Sócrates contra la espada de Calicles. Ante su incapacidad dialéctica, Calicles abandona el diálogo, agarra su espada y reta a Sócrates a que haga lo que quiera. Ese es el secreto bien guardado de la guerra: la incapacidad dialéctica.

En el trance que comienza en Oslo y continúa en La Habana, hay optimistas y pesimistas. Son optimistas los dialécticos, los discípulos de Sócrates. Son pesimistas, los devotos ciegos de la fuerza: acobardados por el uso de la razón, prefieren las armas para vencer y aniquilar antes que utilizar la palabra para persuadir y convencer. No le temen a los cilindros de las Farc —porque para ello tienen los aviones supersónicos y miles de toneladas de bombas inteligentes—, sino al discurso de Timochenko en el Congreso. Los voceros de las Farc, racionales, pragmáticos y conscientes de sus limitaciones en armas modernas, lo dicen sin ambages: “De lo que se trata es de ser serios, de proponer cosas sensatas, de ser pragmáticos y aspirar tan solo a lo que la oligarquía está dispuesta a conceder […]. Estamos dispuestos a hacer lo que sea para buscar salidas dialogadas”.

Porque las Farc ya están convencidas —siempre lo han estado—, no es a ellas a quienes tiene que convencer el presidente Santos. Es al sector más violento, agresivo, mezquino y excluyente de la sociedad: el más conservador y atrasado de América. Durante los últimos treinta años ningún jefe de Estado fue capaz de convencer a ese sector, que no tiene visión más allá de las alambradas de sus haciendas, de los muros de sus empresas y de los fusiles de sus ejércitos privados. Según Otto Morales Benítez, esos enemigos de la paz, hace treinta años estaban “agazapados”, dentro o fuera del Estado. Hoy no están agazapados sino encabritados, y desde todos los flancos disparan rayos y centellas contra el proceso de paz que desde el comienzo de su mandato inició el presidente Santos. Si Santos es capaz de convencer a esas fuerzas oscurantistas a que devuelvan las tierras que les robaron a los campesinos, y a que permitan que los disidentes tengan un espacio bajo el sol y una voz en la política, se merece el Nobel de la Paz. Será hasta entonces, el único Parnaso de la historia política de Colombia.

Rafael A. Ballén Molina

sábado, 7 de abril de 2012

Entrevista apócrifa con el penitente del futuro


Nacer en un mundo como el tomasino, de alguna manera lo afecta a uno. Para bien o para mal, lo que quiere decir, que no somos neutrales, porque al final de la partida terminamos avergonzados, adaptados o aceptando el fenómeno. O como me dijo un amigo: Al final terminamos jodidos. Nos guste o no, somos flagelantes de este mundo extraño, pero normal.
-PC: ¿Quién eres?
-F: Soy el primer flagelante, el que se martirizó desde los primeros tiempos, incluso, antes que Cristo fuera torturado. Quizá soy egipcio, griego, Romano o español.
-PC: Desde siempre hubo sangre, cuerpos torturados, martirizados…
F: Y también cortes de franela, cuerpos descuartizados por moto-sierras…
-PC: El hombre siempre ha sido así, un salvaje.
-F: Tienes razón, siempre ha estado obsesionado con la sangre. Borges, decía que el hombre es un solo hombre, y siempre ha vivido bajo la ruindad de la tiranía, la violencia…
-PC: Le ha gustado enmascarar sus motivos…
-F: Por política, por economía, por religión, por odio, por venganza, incluso, por amor.
-PC: ¿Por qué te flagelas?
-F: Por algo tan viejo como el odio. Por amor.
-PC: ¿Por amor?
-F: Sí, por amor, el hilo más frágil que me une a mis hijos, a mí familia; aquel hilo que sólo es tangible en el sacrificio por el otro.
-PC: ¿Por el otro?
-F: Sí, el otro, sin el que es difícil seguir existiendo. En el mundo actual, y en los anteriores, el otro no es un comodín, es una necesidad que trasciende la pobre individualidad.
-PC: Bueno, la penitencia es muy vieja.
-F: Tan vieja como el cuerpo y el alma, o como el soplo espiritual que le permite al hombre y a los animales movilizarse. El alma, es otra cosa, es la conciencia humana.
-PC: ¿La penitencia no es acaso una costumbre?
-F: El cuerpo también se acostumbra y aprende de la tradición.
-PC: A ver, explica esto último…
-F: El cuerpo no sólo es una entidad espiritual, es también un ser de costumbre. Es un animal que se adapta a todas las circunstancias terrestres.
-PC: ¿No es una excusa?
-F: Es una explicación, porque las excusas no viven en el mundo de las creencias religiosas, en la fe de los implicados.

-PC: ¿Seguro, que no estás filosofando?
-F: ¿Y desde cuándo el hombre ha dejado de cuestionarse y hacerse preguntas sobre él mismo? El interrogante: ¿Quién es? es tan ardoroso que la mayoría de las veces duele. Como dijo alguna vez, Gabriel García Márquez: “Mi oficio verdadero es ser yo. Eso es muy jodido. No se imagina lo que es cargar con eso…” Esa búsqueda ardorosa lo pervierte o santifica a uno.  Y lo más increíble, después de todo, es que esa búsqueda no es de una sola vía.
-PC: ¡Ah! Pero aquí logras separarte de la prisión de tu cuerpo…
-F: Sí, alejarse de la propia experiencia personal, le permite a uno reírse de sí mismo. Es importante tomar distancia del dolor y los sacrificios para ubicarse mejor en el mundo. Para poder adaptarse mejor a sus ricas o pobres circunstancias.
-PC: Algunos nos tratan de barbaros…
-F: Ese es un simple adjetivo, pero también forma parte del espectáculo, porque corre, toma fotografías y se flagela. Es otro mandante más. Y sin embargo, califica, enjuicia, pero no ayuda a comprender, ni a comprendernos, a tolerar… Adiós, me llegó el turno…
-PC: Espera. ¿Por qué crees que la iglesia oficial le hace tanto reproche a la manda?
-F: Bueno, a la iglesia no le duele “tanto” nuestro martirio; le duele más la disidencia, la herejía, la desobediencia.
-PC: ¿Qué opinas de la vergüenza de ciertos tomasinos frente a la manda flagelante?
-F: Creo que uno no puede explicar lo que no entiende y en este sentido, la vergüenza tiene origen más en la ignorancia que en otra cosa. Culturalmente uno puede estar en desacuerdo con el flagelante, pero uno no puede permitirle a los prejuicios y al desprecio la asunción de esa clase de sentimientos. Un flagelante no es una especie de discapacitado, al que ocultamos para evitar la tara familiar. Es un fenómeno que nos ha trascendido en el tiempo y en la vida espiritual colectiva.
-PC: ¿Por qué te crees el flagelante del futuro?
-F: Dios ha sido incapaz de llenar el vacío del alma del hombre contemporáneo y éste tiene que recurrir, como en el cristianismo primitivo, al dolor y al martirio para poder embrutecerse y olvidarse por unos instantes de sí mismo. La flagelación es un acto de inspiración mística que ocupa la mente del hombre, de tal manera, que por vez primera, en un año, se olvida de sus problemas. Creo que por eso la manda se multiplica en el tiempo de práctica. Por eso, mientras persista el vacío las penitencias y los flagelantes, serán el pan de cada día en el país.
-PC: ¿Qué otra cosa quieres agregar?
-F: La flagelación es el acto mayor del libre albedrio en Santo Tomás. En la concepción y práctica de la libertad humana intervienen la autonomía, la independencia y la responsabilidad del creyente, y por supuesto, su voluntad de dejar de ser un católico ortodoxo. Esta lucha no es nueva y es tan vieja como el mismo hombre y el milenarismo. Bueno, ahora sí llegó mi hora, adiós...

domingo, 1 de abril de 2012

Somos más que flagelación

Los escritores Ramón Molinares, Tito Mejía S y Pedro Conrado Cúdriz

Un día ordinario en la vida de Santo Tomás


La flagelación es un solo día y en viernes santos, el viejo paréntesis de los días cristianos, un día alejado de la cruda cotidianidad nuestra; es una de aquellas gestualidades extrañas y extraordinarias de la que nos vemos abocados cada cierto tiempo y que de alguna manera registran lo que somos: la ilusión de una disciplina, la máscara folclórica de un día de fiesta, la multitud de un libro o el onomástico eterno del santo patrono. Quizá el sujeto flagelante tiene su actuación doméstica como la tiene cualquier hombre del entorno, lo que ocurre es que él ha escapado aparatosamente de la maraña de obstáculos que le impone diariamente el vivir para ser un poco feliz. Sin embargo, este penitente nuestro tiene algo de nosotros, quizá sea un pedazo de Dios o un código del ritual religioso de todos los días, la coma de un día de fiesta, el amor por un hijo o la magia de una mano diestra que construye sueños para leerlos todos los días, o el verde ecuménico de la tierra. Esto tal vez signifique que culturalmente somos más que flagelación, el bello y doloroso ritual extraído de la edad media y del que sabemos muy poco. Somos un poco la partícula visible del mango, el código de un libro, el baile de una niña que ha danzado toda la vida por todos nosotros, la dureza de una calle que anhela el amor de la tierra blanca de los abuelos, la huella literaria de Antonio Aruhanca o la poesía erótica de Tito Mejía, vertida en el sueño de un libro. Así de claro es el tamaño de nuestro ser y así de increíble es el susto del auto-descubrimiento, un espejo dulcificado por la costumbre de ser…

sábado, 31 de marzo de 2012

La poesía flagelante


Cierto día me dijo que a él le hubiera gustado escribir sobre la belleza del flagelante, sobre su imagen milenaria y los tigres de bengala que lo perseguían, sobre los ángeles perdidos que lo abandonaron en los siglos de práctica, sobre el clamor de todas las tardes de verano de todos los viernes santos de todos los siglos en Santo Tomás. Pero es un flagelante en desuso que escucha la tierra, que escucha a los hombres y a Dios, su Dios todopoderoso, por eso tiene un nombre, Manuel, una familia y por eso mismo, forma parte del mundo.

Él sabe que el que escribe tiene algo que decir, por ejemplo “La flagelación no es tortura, es un viaje sagrado por la sangre de Cristo”; o “El flagelante es tozudo, pero tiene algo de nosotros: quizá la religiosidad o la desmesura del ego”; o “Los tontos son otros, los que vienen a observar el movimiento epiléptico del ego flagelante; o “La flagelación es tan compleja, que lo que oculta el capirote, es ignorado”; o “El que rechaza la flagelación, simplemente no acepta este estado místico, otra manera de observar la realidad”; o “Flagelarse es una decisión tan suprema y sagrada como la consumación de la hostia”; o “Yo no me flagelo, pero al observar formo parte del rito”, igual el que sabe observar tiene algo que decir, porque sabe traducirle al sol su belleza, al mar su dolor o su risa, o a la brisa su tardía picardía.  Para él la palabra es sagrada, es como la hostia, no como una hostia. Su comunión con Dios es sin intermediarios, como lo hacían los primeros hombres, sin iglesias y sin la bastedad de las piedras, en la soledad del cuarto, lejos del mundo de las religiones, y la palabra sigue siendo el verbo del amor.

Manuel cree en la belleza, antes y después de la flagelación, antes y después del sufrimiento, antes y después del amor, antes y después de una apuesta de sol, porque la belleza resucita en la piel del penitente, en los ojos del tigre, o en la boca de la amada. La belleza, piensa, es la mano que armoniza la energía, aquella que al final moviliza la disciplina, los pies, el camino, la cruz, la piel herida por el instrumento de Dios, la poesía transpuesta por los siglos de belleza y olvido.

Para esta época la carne le tiembla y un deseo irremediable de regresar al campus de la calle de la Ciénaga le recorre el cuerpo, siente la embriaguez, la compulsión, la adicción. Todo se inicia otra vez en su mente, inexplicablemente, con la misma belleza del pasado, cuando se picaba, sin embargo el ya escribió el poema, libre, y consciente sabe que no puede reescribirlo porque corre el riesgo de destruir la original belleza. Ahora sólo escucha la tierra, y a su Dios, y observa el mundo, extrae la belleza y aprende. De ella vive.




sábado, 24 de marzo de 2012

AQUÍ VIENE EL FLAGELANTE


Son las nueve de la mañana. Estoy acomodado en un taburete, en la casa de los Crecientes, lugar donde se domina visualmente todo el marco de la plaza. A esta hora comienzan a llegar los visitantes, a quienes veo pasar con su carga doméstica, caras largas y espaciosas. En este desfile de gentes hay niños, adultos mayores y jóvenes, mujeres de todas las edades y jovencitas dispuestas a soportar la soledad del sol de la mañana.

Vienen de todas las ciudades y pueblos del departamento del Atlántico, incluso de otros departamentos de Colombia. Entre los visitantes distingo a uno con cara de penitente, a quien sigo sin causar ninguna sospecha. La vigilancia comienza en la plaza principal del pueblo y continua por toda la calle de La Ciénaga hasta verlo culminar su manda.

Le pregunto por su nombre, me contesta que se llama Pedro Juan, así simplemente. Me informa que viene de Baranoa y con gesto de apariencia despreocupado se coloca el capirote o capucha que cubrirá su rostro mientras realiza el doloroso recorrido por “la calle de la amargura.”  Su rostro adusto, manifiesta en los relieves de la frente, un signo de preocupación. Le pregunto si está nervioso y sólo me responde  con un movimiento de cabeza afirmativo. El entorno está envuelto en un valle de silencio.

Observo a mi alrededor la aridez del Caño de las Palomas, sitio de dónde parten los flagelantes y otros mandantes; los rayos del sol hacen su fiesta en los cuerpos intrépidos que se atreven a desafiarlo, en especial en estos hombres y mujeres que se revientan la espalda por cumplir una manda. Aquí se paga la manda por dos razones: cumplirla por el favor recibido del Señor, o por la espera de un favor en el tiempo futuro, una especie de pago adelantado, acto de confianza, que es fortificado por la fe del creyente. “No importa, que no se cumpla,” me dijo hace años un penitente del patio. Entonces qué los mueve, le pregunté. “Nada más y nada menos que la fe” - contestó.

Santo Tomás en este marco del sufrimiento santo, es un lugar estigmatizado por la opinión pública, por la prensa regional, nacional e internacional. Mal que bien, sigue siendo a pesar de todo esto, un lugar de visita para muchos forasteros, que seguramente llegan a este lugar saturados por las expectativas, o por el aburrimiento que los circunda en vida, o tal vez por la aventura existencial de encontrase con algo que sobrepase todos los límites esperados.

A esta altura de la pasión flagelante, Pedro Juan ha terminado de vestirse con el uniforme usual del penitente. Le insisto para que me diga por qué escogió a Santo Tomás para pagar su manda. Me mira exaltado y con tono autoritario me dice que Santo Tomás, es un lugar santo. “Mire a su alrededor, no solamente estoy yo, también está el nazareno y otras mandas.” Lo de lugar santo me impresiona porque yo, que tengo más de 40 años de vivir en esta población no he podido todavía distinguir la santidad por ningún punto de la geografía municipal. Intuyo entonces, que este hombre bajo el síndrome de la fe ha intentado esclarecer su situación religiosa, la personal, pero no la de Santo Tomás.

En silencio y con su séquito, Pedro Juan inicia el camino de su pasión. La disciplina, que es una especie de látigo castigador, con tres bolas de cera en la punta, también está lista, igual la cuchilla nueva de afeitar, con la que se cortan las partes bajas de la espalda, la región dorso lumbar, una vez que los golpes del látigo o disciplina las hayan dormido. La botella de ron blanco, su liquido, se usa para mitigar el dolor y limpiar la sangre que brota de las partes afectadas. 

Los primeros golpes del látigo hacen estragos en la humanidad del penitente. El  séquito le grita que se pegue más duro y más abajo del lugar de donde viene haciéndolo. Al comienzo, el ritmo es doloroso y rápido, luego se empezará a calmar y tomará el ritmo exigido. Cuando Pedro Juan llegue al ritmo máximo de su concentración,  ya habrá controlado el dolor y su angustia.

Observo, en efecto, que hay otros mandantes e incluso que hay niños que sin la conciencia de lo que hacen, cargan,  vestidos de nazarenos y descalzos, una cruz simbólica que tal vez les malogrará la vida en el futuro, porque de estos niños surgirán los resignados para toda  la vida y de ellos los flagelantes. En esta tierra calcinada por el sol, se cocinan las raíces que darán lugar a la continuidad de esta tradición y en este sentido, siempre habrá promeseros porque El Cristo de estos mandantes continuará salvando a alguien del dolor de alguna enfermedad “incurable,” o de la cárcel.

En el camino, me tropiezo con una mujer hermosa y robusta, que con una pollera gigante y emblemática, blanca y con varias crucecitas de color negro, pegada a la tela, recoge la sangre que van dejando los penitentes en el camino; la observo pero ella es indiferente a la mirada del incrédulo.

 Pedro Juan sigue castigándose en su ruta hacia la salvación. ¿Salvación de él o de algún familiar? Esto no lo tiene muy claro; sólo sabe que ofreció una manda de flagelante por alguna culpa contraída antes de su nacimiento, que  ahora tiene que cumplir. (“Es el pecado venial. Pero ahora no sé de qué me estoy salvando” – me dijo dos horas después de la flagelación.)

Le observo y un promontorio de carne comienza a formarse en su espalda. Alguno de sus acompañantes le dice que todavía no está maduro para picarlo. Otro le sugiere que debe golpearse con mayor fuerza. El paso de Pedro Juan es equilibrado y alrededor de él se congrega mucha gente que lo sigue sin espabilar. Su cuerpo está molido por los golpes de la disciplina, pero el sudor que brota de su piel, es un buen síntoma de bienestar.

Pedro Juan me confesó que desconocía el origen milenario de la manda, sin embargo, estaba convencido que no existía otra sobre la tierra que exigiera tanto sacrificio para una fe que no permitía flaquear en ningún momento. “Este dolor fortalece el alma, y el espíritu.” Este penitente también desconocía las corrientes de opinión enfrentadas en el municipio. La corriente vergonzante que no quería saber nada de los penitentes, integrada por los profesionales arribistas de la población, identificados con los titulares de prensa, y otro grupo que creía que la flagelación era una variante de la identidad cultural de los tomasinos, “porque ya había penitentes cuando nosotros nacimos”, me confesó un miembro de la Casa de la Cultura. “Aquí hay penitentes como en otros lugares hay San Benito Abad, Cerro de Monserrate, etc. ¡Aquí hay flagelantes y qué!”

Las cortaduras realizadas en la parte inferior de la espalda de Pedro Juan, hicieron que varias plumas de sangre se derramaran a cántaros. La tela blanca empezó a tomar un nuevo color, el rojo, color que desorbitó los ojos de varios espectadores o dibujó un rictus de asombro, dolor o rabia, que sé yo. “No sé qué sentí,” me dijo una joven extranjera, impresionada por la sangre; otra joven, más religiosa que la primera, me informó que sintió una especie de mareo santo, el inicio de un viaje extraño por la tierra”.

Esta experiencia periodística, nueva para mí, me resultó fascinante. Estaba en todo el centro del hecho periodístico, religioso o sociológico. Nada dependía de nosotros, la flagelación y el resto de las mandas, ejercían su tiranía sobre nosotros, especialmente sobre mí, que me moría de incredulidad. Todo el estado de la racionalidad occidental había abdicado para dar paso al misterio, para no poder dar cuenta explicativa de un fenómeno religioso que sobrepasaba la razón, la ciencia y la tecnología, es decir, algo que no había servido para nada, ni para redimir al hombre, ni para salvarlo de la pobreza material y espiritual. Para nada.

La calle de La Ciénaga estaba emplumada de gentes, parecía un río humano solo perturbado por las olas que levantaba la barca de los flagelantes. A lado y lado de la calle, los vecinos aprovechan el viernes santo para vender licor o dulces que, en última instancia, los ayudaba a  ganar más dinero para poder socorrer la aporreada economía doméstica.

En el trayecto de la manda se encuentran siete cruces para que los penitentes cumplan el ritual exigido: Los pasos, los rezos y los cortes de piel. Cuando Pedro Juan llegó a la última cruz, su juventud no lo salvó del deterioro físico. Aquí, en este lugar, funcionó la primera iglesia, según la memoria oral de los abuelos. Hecha en bajareque y hojas de palma dulce. “Pensé que no iba a llegar nunca,” me confesó el flagelante. En esos instantes, prácticamente media pollera estaba teñida de sangre, y sus pies que estaban cubiertos con una película de suciedad, buscaban afanados la tibieza de la tierra hecha calma para el alma.

El hombre se descubrió la cabeza y unos ojos tranquilos y crédulos le dieron brillo al rostro. Pidió una cerveza, “una sola cerveza” advirtió. Un silencio extraño en aquellas horas hizo su aparición. Un murmullo de voces lejanas se escuchó en el paradero que servía de cantina. Inmediatamente las voces recobraron su encanto y la voz de Pedro Juan se escuchó como un lamento: “La flagelación es una vaina dura, inrrecomendable.” Eran las doce del día.

En este tiempo de descanso físico, como cuando uno juega un partido de bola de trapo intenso, que no da respiro a ninguno de los jugadores, Pedro Juan me habló de su vida ordinaria, “que no era mejor ni peor que las demás vidas. Soy bachiller y hago de todo para sobrevivir, desde hacer mezcla para construir una casa hasta labrar la tierra. A veces, me mata el aburrimiento y voy de un lugar a otro del pueblo, intentando no morirme de hacer nada. Mi mujer me apoya, ella es más creyente que yo, de vez en cuando vamos a misa, cuando se muere un vecino o algún familiar de nosotros. Mi vida sigue siendo igual antes y veinticuatro horas después de pagar la manda. Lo extraordinario es la manda de flagelante. No puedo contarle lo que me pasa este día, a pesar de que llevo tres  de cinco años. Esto que siento es misterioso. Desde el lunes santo, la espalda y todo el cuerpo, comienzan a rascarme, a pedirme, más bien a exigirme que me pique."

De regreso, tomamos otra vía que también da acceso a la plaza. La crucifixión, que presentaba la Casa de la Cultura, estaba al rojo vivo. Miles de personas rodeaban la obra de teatro. Me acerqué hasta donde las gentes lo permitieron, con los rayos ardientes del sol del mediodía quemándome la cabeza. La pasión de la obra desbordaba los límites de lo real porque un policía que observaba la escena de la crucifixión, amenazaba con dispararle a los que impartían látigos a Jesús. Afortunadamente, el compañero que tenía al lado, rompió el hechizo y el pobre hombre pudo regresar a los límites de este mundo.

Regresé a casa cansado, dispuesto a rescribir lo que acababa de  experimentar en la calle de la Ciénega. Esta fenomenología es el resultado de la pasión del viernes. Estoy absolutamente seguro, que el año entrante, con algunas variantes, por supuesto,  el viernes santo será otra vez objeto del mismo guión de la película de siempre. Ojalá, como decía un amigo mío, Jesús no se deje atrapar otra vez.

Dejamos la plaza atrás y salimos en busca de un lugar tranquilo, que nos permitiera seguir hablando de la pasión del viernes. Eran las doce y media del día, el sol ya había hecho estragos en mi humanidad y yo solo quería seguir haciendo los averiguamientos para poder salir de esta oscuridad. Mientras distraído observaba el paso de la gente, Pedro Juan, desapareció de mi vista, no de mi vida, porque él se convertiría en el flagelante de todos los años del futuro.

Ya tranquilo en casa, si se puede hablar de tranquilidad en estos casos, la escritura de este trabajo lo obliga a uno a meditar y a intentar ser preciso frente al tema candente de los flagelantes. Entiende uno la necesidad de revisar la historia del fenómeno, sus implicaciones en la identidad cultural de los tomasinos, la necesidad de abrir una cátedra  que revise la historia cultural de la población y la importancia de incluir esta práctica en la vida religiosa del municipio, revisando factores culturales, políticos, sociales, económicos, antropológicos, sociológicos y teológicos que nos permitan transformar estas prácticas, de tal manera, que estos hombres y mujeres del país se sientan verdaderamente incluidos en la sociedad colombiana, así como están incluidos los arzobispos, los senadores y los presidentes de la república.

 

lunes, 19 de marzo de 2012

El penitente del otro mundo


Nadie lo ha visto, pero todos lo han visto en los sueños de la imaginación de los abuelos, con un capirote o capucha blanca y transparente que le cubría todo el rostro, y con el torso y la espalda completamente descubiertos, descalzo y con una pollera que le cubría también las caderas y las piernas. Sólo los pies volaban al aire libre y bajo un ritmo de tambora donde el fariseo molía la tierra a través del golpe de su alma.

Tal vez esta imagen mitológica tenga origen en los retazos de realidad por la que tanto se ha filtrado la leyenda y la cuentería del lugar; yo también recuerdo cuando mi madre Encarnación y mi abuela Juana, nos contaban, bajo la luz tenue de las velas, la hazaña del hombre que sobrevivió al asalto de media noche del penitente del otro mundo. El espectro venía dándose azote en las horas peligrosas de la noche cuando un tal Jacinto Fontalvo (así se llamaba el hombre), asomó su rostro por la calle de La Ciénaga. Cuando llegó a su casa, y reventó con sus cuatro pechos la puerta de la calle, la cabeza le creció tanto que le reventó la conciencia. Cuando recordó su voz era incoherente y tardó tanto tiempo en recobrar la lógica, que fue necesario traerle el cura para que exorcizara el tiempo de la mala hora.

Bajo esta impronta fantasmal crecimos todos los de mi generación y no sé si agradecerles a los abuelos por haber estado en contacto con esta conciencia mágica del mundo, donde el miedo y la incomprensión de la realidad permitió el origen de estas formas extrañas y graciosas de los gnomos, de los espíritus, de los genios de la noche, incluso de hadas que persisten todavía en salvarnos o asustarnos.

El hombre de la región, especialmente el tomito, bajo la influencia de un mundo en absoluto rural, creyendo en el poder de una fuerza superior a la suya y bajo los poderes ilimitados y perturbadores del miedo, no solo creó a Dios (creer es de alguna manera inventar otra vez a Dios), sino que creó a otras criaturas poderosas que bajo el terror de la oscuridad poblaron la tierra y lo dominaron.

Así fue cómo surgió el penitente del otro mundo y las costumbres mitológicas de la semana santa: prohibido trabajar los viernes santos si no se quería ver correr la sangre de Cristo en el agua que bañaba el cuerpo; o en la piel del árbol que cortábamos para alimentar el fuego del fogón de tierra; igual ocurría con la comida, desde el jueves se dejaba de cocinar la única carne posible de cocción: la del pescado, que se acompañaba de verduras frescas, yuca o bollos de yuca.

Pero ya nuestra imaginación estaba poblada de seres fantásticos: el jinete sin cabeza, la troja, el mundo de las brujas, el caballo del otro mundo. Cuando llegaba la semana santa, especialmente el viernes santos, todos estábamos predispuestos a la sacralidad de las horas, pero también a creer en los seres raros que poblaban el pequeño universo nuestro. Recuerdo que nadie podía abandonar la procesión del viernes santo, si no quería ser atacado por cualquier de estos seres extraños, en especial por el penitente del otro mundo.

Era un mundo complejo y muy sencillo, que admitía bajo la inocencia de la simplicidad, la irracionalidad de seres de otros mundos que lograban convivir con nosotros como si fueran seres de verdad, seres terrestres; no lográbamos verlos pero todos los presentíamos y los percibíamos de carnes y huesos; algunas veces nos hacían extrañas señas y en otras nos tocaban el hombro y desaparecían bajo el terror de cualquier noche de asombros y miedos profundos.

En alguna ocasión, mientras hacía una micción en el patio prehistórico de la casa de los abuelos, una figura fantasmal parecía llamarme insistentemente; no logré saber quién era, porque bajo la perturbación de mi imaginación, huí despavorido del lugar donde me encontraba. Fue la última vez que se me presentó la oportunidad de entrar en contacto con uno de esos seres fantásticos que poblaban el patio de los abuelos.

En otra ocasión, tendría algunos catorce años, me pareció oír el gemido de alguien o de algo en el mismo patio de los abuelos; busqué entre la penumbra del patio y observé el visaje de algo que se movió como una centella; al día siguiente, muy temprano (6 a.m.) busqué las huellas de la criatura y no había ninguna clase de señal en la tierra arenosa del patio, sólo un pedazo de tela transparente (parecía parte del capirote del penitente del otro mundo), enganchado en parte de la cerca que daba acceso a otro patio vecino. Estuve casi convencido del fenómeno por la fecha del acontecimiento: jueves santo. Sin embargo, el pedazo de tela solo no significaba nada. Así que sólo me quedé con el susto de la noche anterior.

No sé si esos seres fantásticos siguen poblando la imaginación, aunque tal vez sigan observándonos desde los lugares comunes de la tierra, desde los puntos menos imaginados del patio o el cuarto de la casa. De cualquier manera, siempre tengo un pie en el susto y otro en la curiosidad. Seguramente cuando el penitente del otro mundo me logre saludar, yo estaré dispuesto a correr o a saludarlo como cuando saludo a mi peor enemigo.

Pedro Conrado Cúdriz, Miembro del centro de memoria de Santo Tomás, Atlántico.