domingo, 7 de abril de 2013

La botella de agua




La botella de agua

La botella es una alegoría del viejo secreto marino, aquel que viaja mar adentro para alcanzar una estrella. Su carga cristalina, es la suma del agua, el secreto de la tierra, el profundo dolor del tiempo y la montaña, y la avidez de una boca. Dimensionada físicamente, este liquido ocupa un espacio submarino en la memoria humana. Está ahí, en aparente soledad para calmar la sed de un vampiro sediento. Su inmovilidad genera cierta tranquilidad en el observador, quien muerto de fe, asegura su confianza en la ilusión de la quietud de una ola. El agua está prisionera de la música del silencio y la estrechez del universo. No sabe, o quizá lo sepa, de otros ríos o tal vez de la ficción de otros mares y en esta ignorancia, se pregunta por ciertos labios, los que siempre, o casi siempre, besan su boca. Mientras esto tiene ocurrencia en determinada manía del tiempo, la botella persiste en ser río. No adorna, porque no es un adorno; es un objeto o quizá una cosa, que proporciona placer, satisfacción, o el placer extraño del amor y la sed. La botella de agua, mejor el agua, viene de la bendita tierra, del camino trasandado de la naturaleza, del vacío y el vértigo de la montaña, y la botella, de la imaginación del hombre, del afán de la garganta por capturar el liquido de la vida, aquella sensación agradable de la boca y el cuerpo, de la tierra y el alma humana en comunión con las venas de la tierra… 

miércoles, 27 de marzo de 2013

El flagelante, territorio sacro



 

Uno no sabe a la larga cómo la flagelación nos jodió la vida

 
 
La búsqueda

 Supongo que el arte asume otra mirada de la realidad. ¿Poesía? ¿Belleza? Nunca defensa de nada. Simplemente goce o deleite. Acto gratuito para los ojos del alma. No es el espectáculo masivo de la carne en exposición pública, sino la experiencia cultural o el acumulado histórico de la supervivencia inocentes de las gentes tomasinas. Entonces se busca que el observador identifique el cuerpo del flagelante como el territorio de almas del pueblo.

Los pies

 Una película turbia los cubre de pies a cabeza, mientras se agigantan en mi memoria; los he visto siempre, los del abuelo Nolasco, pies campesinos, y también los del flagelante, o los pies del profesor Moncayo, justos y marchantes en su tiempo por la dignidad de la nación. Puede que sea una fotografía de los años 70, en la revista Alternativa, pero son esos pies gigantes los que ahora recupera mi memoria. Casi no caben en la página ni en mis recuerdos; el talón calloso, fuerte como un roble, con las señales de la guerra, de la lucha con y por la tierra. Poco a poco la otra guerra acabó con ellos y les quitó la tierra. Cuando veo algunos en las calles de Colombia, los distingo por la callosidad, por la fortaleza del roble, o por las goteras de la sangre, pero ya no hay tantos árboles en la ruta. Esta clase de hombres se han ido y no nos hemos dado cuenta. La vida también.

La sangre

 Corre por las avenidas, las ciudades y los barrios interiores del hombre. A veces se desborda su cauce y el corazón amenaza con estallar. Con cada zancada hay barrios que desaparecen arrastrados por el oleaje y la fuerte corriente descendiendo de la montaña a mil metros por segundo, mientras los pasos se aceleran en la arena ardiente de la calle de La Ciénaga; el calor sofocante penetra la piel y adelgaza el espesor del viscoso liquido rojo para que fluya con mayor fuerza hasta que alguien se atreva a iniciar el ritual de los golpes en el mayor de los territorios, una, dos, tres y cien veces, y de pronto un corte, y el chorro, una pluma, el manantial y la sangre fluyendo a borbotones por la llanura, gritos, asombros, silencios, desmayos, y el gentío con sus ojos de piedad observando otra vez fluir la sangre en un escenario público y en un territorio vivo, brotar a voluntad, provocado por unas manos donantes o sanantes, y la sangre otra vez imparable y golpe a golpe no dejará de correr o danzar con el flagelante, dos pasos hacia atrás y tres hacia adelante  y hasta que la pollera se tinture del rojo sangre, de ese rojo que palpita adentro de cada observador del viernes santo, o del que cae acribillado en cualquier esquina de Colombia, o de aquellos jóvenes enamorados, que ardiendo de fiebre de besos y a punto de colapsar de amor, se buscan con los ojos, con los brazos, con las manos y con los restos del  cuerpo, y hasta que el territorio, en especial las venas, se cansen de regalarle al mandante el líquido espeso que atrae al otro, la sangre no dejará de brotar del territorio humano. Y quizá esta sea la misma sangre de las corralejas y las galleras, la misma sangre por la que la multitud se cita para disfrutar o compartir los mismos sentimientos o emociones que depara el territorio, o ver la sangre correr entre las astas de un toro y observar la vieja piel del pobre hombre herido por las cuchillas flagelantes de la desesperanza.

El territorio

 No son los huesos, ni la sinrazón, es esta fortaleza, que aceitamos todos los días en los gimnasios, la embellecemos y la cuidamos con esmero en los  centros de cirugía estética de la ciudad; o es esta carne débil que florece en cada acto  amoroso y luego se derrama en la fisiología de un orgasmo puro o fingido de amor; o es aquella escatología del desfogue diario, vieja condena humana de la humildad y los apurados sacrificios del cuerpo; o es la eterna tortura corporal de los infantes, adobada por los supuestos amores maternos o paternos; o es esta manera creativa de martirizar la estructura del cuerpo para agradecer a un dios sonriente, lo que la mente y la ciencia no han podido subvertir.

El rostro

 Viejo como una montaña sagrada, sin lujos ni grandes prodigios naturales, simplemente las pendientes por donde se precipitan los ríos de la esperanza y aquella misteriosa corriente de fe, con la que ha sido imposible trasladar la montaña, moverla a otros lugares de alegrías eternas. Quizá sea el espejo del territorio con sus dos gotas de agua salvaje, dos gatos negros para asustar a la muerte.

Las manos

 Es la parte del territorio más llano y el menos pretencioso de todos, el descanso de las arterias; un camino para sanar, tocar, herir y fundir el alma; en la ruta de la sanación quizá se atrevan a herir el cuerpo con aquellas manos, que al tocar la guitarra fracturan los silencios; no es intencional ni tampoco inocencia, es el deseo de curar el que procura el ensayo, o la ciega tradición de unas maneras de ser que, en la circularidad de la vida poética, se procuran la magia de la supervivencia.

Dios

 Todavía no he podido encontrar en todo el territorio, las evidencias de la existencia de dios; no las he encontrado en nada, ni siquiera en la creación del acné, seguramente hecho para el asombro. Lo que he logrado capturar son otras evidencias, el esfuerzo diario y sobre humano del hombre por reinventarlo y luego conservarlo, memorizarlo y amarlo por encima de sí mismo y luego consumirlo como a la Coca-Cola.

El alma

 Es lo más misterioso del territorio y persiste oculta en las conexiones neuronales del cerebro, una ilusión o realidad metafísica para afrontar la vieja animalidad humana. El mito del ser. Y señales no hay. Sin embargo, están los mojones espirituales a la vera del camino: las cruces en el cuerpo, la sangre derramada con sentido familiar, el capirote, la disciplina, la pollera. Extraño, pero así ha sido  el hombre en todos los tiempos.

El infinito

 Nadie puede pensar que el cuerpo no tiene límites si son evidentes los atajos libertarios del territorio, la búsqueda y los ensayos para probar su inocencia, viaja manía del rebelde para escapar de los conquistadores. Y no es la disciplina o el látigo la amenaza, es la imposición papista la que pone en peligro los límites territoriales, la madurez del ciudadano.

El dolor

El sufrimiento y la sangre son toda una mancha en el continente, un invento para las expiaciones de las culpas, o el martirio proporcional para castigar al enemigo enfermo, el discurso cultural del cuerpo para aceptarse como territorio. La punzada interna, la herida apenas provocada para la historia. El dolor soportado para soñar que somos diferentes, extraña manera de ser otro.

sábado, 16 de marzo de 2013

Discusión sobre Memoria diaria de un condenado


 

Quiero dejar escrita esta propuesta de discusión para mis lectores. Mi hija Mely, como otros     lectores de mis libros y artículos de prensa, me reclamó después de leer “Memoria diaria de un condenado,” el por qué la asunción poética del tema de la muerte.

Sé que soy incomprendido por los optimistas, pero la literatura y la poesía no son tan hermosas como una puesta de sol. La muerte es otro tema más de la literatura como la soledad, la esperanza, la vida, el vivir…

Sabato, en “Diálogo” con Borges, le dijo a éste y a los lectores de este cerebral libro, que un escritor no estaba obligado a crear personajes buenas personas. “Ni Raskolnikov ni Julien Sorel, por citar algunos, pueden juzgarse como “buenas personas”. Casi nadie en la gran literatura.”

No sé. La confusión puede estar asociada al consumo incierto de la felicidad que nos venden todos los días los acaparadores de ilusiones. Es más fácil soñar que viajar por el territorio agreste de la realidad y la literatura.

¿Hay alguna forma bella de decir tonterías? ¿Y por eso dejarán de ser tonterías?

Las tonterías no tienen ni ocupan ningún lugar en el poema ni en la literatura. O uno escribe sobre lo sustancial o no escribe. La vida está recargada de estas liviandades para que un libro de poesía nos las esté recordando hoy. Este no es el sentido de la literatura ni el de la poesía.

Cortázar en Rayuela, para colocar un solo ejemplo, nos fotografió una esperanza descorazonada. ¿Si no fuera así tendría sentido escribir una novela o un poemario. ¿Por qué lo terrible – pregunto – no puede formar parte de la belleza poética?

Nada más quería decir estas cosas para no ahogarme en la sangre de la incomprensión literaria.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Chávez y la historia




Todos los días mueren millones de personas en el mundo, personas que no les aportan nada a sus países de origen. Chávez fue más allá de las sangrías de la nada y dejó su impronta en América  Latina y en el mundo. Fue más allá de lo que podía pensar el mundo de los legados de Uribe y Santos, que serán recordados sólo por los colombianos. Algunos en Venezuela, lo creían el padre de la nación, pero él sólo era un pobre hombre que luchaba por su inmortalidad. Sin embargo, desclasó el sistema político y económico del país, rebajándole la importancia al capital para pensar más en la gente. La democracia en nuestra América Latina es un cliché, un prejuicio ideológico incubado en nuestras mentes desde la niñez. Pero nadie sabe cómo es y con qué se come la bendita (maldita) democracia nuestra. Chávez quiso romper con esta peligrosa e infantil concepción política, buscó y luchó por crear un modelo hibrido entre el sistema cubano y el de la mayoría de los países latinoamericanos. Creó su propia fanaticada y quizá este fue su gran error, creerse el padre de los venezolanos, cuando lo que necesitamos es que funcione para todos el modelo democrático. Pero como los intereses de la oligarquía venezolana estaban enquistados en el poder de estado, a Chávez históricamente le tocó hacer lo que ya todo el mundo sabe: desmontar el modelo de gobierno plutocrático de nuestros vecinos para poder realizar la revolución pacífica de estos últimos 14 años de la vida política venezolana.



La mayoría de las gentes en Colombia odiaban a Chávez, incluso ahora que ya el inmortal hombre está muerto. Y la verdad es que uno no logra entender estas cosas en un país que no entiende porque los otros son diferentes a nosotros; en un país desnutrido y muerto de hambre y con problemas en la salud pública; en un país que no entiende su historia ni la democracia donde vive. Nos han enseñado a odiar lo diferente y lo que no entendemos y Chávez formaba parte de esta fenomenología. Los pobres terminan odiando lo que la prensa de los ricos les ordena odiar, sin filtros, sin comas y sin puntos apartes. Y entonces no nos escuchamos porque creemos ser portadores de la verdad, como si ésta se pudiera encapsular en los intereses ideológicos, políticos y económicos de RCN y Caracol.

Y odiamos para no creernos imbéciles y para tapar con las mentiras de los otros nuestra propia estulticia e ignorancia. Chávez no era peor que Uribe, pero era mejor y lo era porque su origen no era ni oligárquico ni del comodín de otras fortunas espúreas. Uno puede decir lo que quiera de este hombre; sin embargo su gobierno fue hechura del dolor y el abandono histórico de la gente. Hacer una revolución pacífica como la que logró Chávez, y en una época donde las aguas de las revoluciones habían bajado al nivel de los charcos, tiene el valor de una proeza extraordinaria, sobre todo en los fondos de unas estructuras solidificadas por las comodidades de los intereses sempiternos de la burguesía venezolana.

No es lo mismo continuar y defender un sistema montado en los hombros de varias generaciones de burgueses, que arriesgar el pellejo para desafiar el modelo y pretender cambiarlo. Esto fue lo que hizo Chávez en Venezuela y esto es lo que no han sido capaces de hacer los gobernantes colombianos. Por eso a Chávez lo recordará la región y el mundo, mientras a los gobernantes nuestros la historia mundial les echará tierra al terror y a la mediocridad de sus ejecutorias. 

domingo, 3 de marzo de 2013

50 años de Rayuela. Cortazar.



El embrujo de Cortázar
El juego, las excepciones hechas regla, su compromiso social.
Por: Fernando Araújo Vélez. De El Espectador.
Como un juego empezó a descubrir la vida mientras caminaba y brincaba por las calles de Banfield y se inventaba Rayuelas sobre el asfalto, uno, dos, uno, dos. Algo tenía que salirse de la lógica de los mayores, pensaba. Tendría que haber leyes de la excepción, magia, fantasía, verdad en la mentira, credibilidad en la ficción. Él jugaba, nada más. “Desde niño todo lo que tuviera vinculación con un laberinto me resultaba fascinador —explicaría muchos años después—. Creo que eso se refleja en mucho de lo que llevo escrito. De pequeño fabricaba laberintos en el jardín de mi casa. Me los proponía”. Su camino hacia la escuela era un laberinto. Él lo había diseñado, piedra tras piedra, grieta tras grieta. En una esquina saltaba con un pie para caer un metro más adelante con los dos. “Si por casualidad no podía hacerlo o me fallaba el salto, tenía la sensación de que algo andaba mal, de que no había cumplido con ese ritual. Varios años viví obsesionado por esa ceremonia, porque era una ceremonia”.
Pasados 40 años, mientras escribía Rayuela, Julio Florencio Cortázar llegó a pensar que la titularía Mandala, como el juego sagrado de los hindúes. “Luego me pareció pedante y recordé que la rayuela es un mandala, sólo que los niños la juegan sin ninguna intención sagrada”. Rayuela, mandala, laberinto, juego, fantasía, lo sagrado y lo profano, lo místico, lo real, el humor —humor negro— y la ingenuidad. La política, sus diversos rostros, el amor y sus irónicos rostros. Cortázar mezcló la vida, su vida y la que vio, en sus libros, y sus libros acabaron por parecerse a su vida. Todo laberinto, todo impredecible. Su primer libro, Presencia, lo firmó con un pseudónimo, Julio Denis. Con el mismo falso nombre suscribió un artículo sobre Rimbaud, en 1941, y un relato que llevaba por título Llama el teléfono, Delia, publicado en El Despertador, de Chivilcoy, el mismo año. Luego, cuatro años más tarde, firmó La estación de la mano como Julio A. Cortázar, y pasados algunos meses, escribió un ensayo sobre la poesía de John Keats bajo el nombre de Julio F. Cortázar.
Aquellos tiempos, cuando Cortázar aún no era Cortázar, fueron tiempos de dificultades económicas, de ir de un lado para el otro y dictar clases. Pasó de Chivilcoy, al sur de la Capital Federal de Buenos Aires, a Mendoza; de dictar cursos, a hacerse cargo de tres cátedras de literatura francesa y de Europa septentrional. En una carta dirigida a su amiga Mercedes Arias, decía: “Creo que aquí estaré bien. Las clases las principié el miércoles pasado, y puede figurarse la diferencia que significa dictar seis horas por semana (dos por cátedra) y no dieciséis. Lo mismo en cuanto al número de alumnos; en tercer año me encontré con una multitud compuesta por dos señoritas. Luego, el trabajo universitario es hermoso, ¡por fin puedo yo enseñar lo que me gusta!”. Cortázar hablaba en aquel entonces, años 40, de la poesía francesa y su incidencia en las vanguardias del siglo XX, y dictó su primera charla en Mendoza, sobre Paul Verlaine.
Los diarios mendocinos, Los Andes y La Libertad, reseñaron la conferencia en sus páginas culturales. “Cortázar comenzó señalando la imposibilidad de comunicar las características esenciales de una poesía, por cuanto sus esencias son de orden personal y en modo alguno comunicables con otro lenguaje que no sea el de la poesía”, decía una de las notas. Medio irónico, y muy en serio, Cortázar criticó que su exposición hubiera sido juzgada como “difícil”, y le preguntó a Lucienne C. de Duprat, la esposa de su gran amigo por entonces, Sergio Sergi, “¿cree usted sinceramente que en un medio universitario puede haber dificultades para alcanzar las simples, hasta vulgares ideas que allí se expresan?”. Sergi era artista plástico, grabador, e influyó en varios de los conceptos de Cortázar. Incluso, le escribió un poema, Un goulash para el oso, que se iniciaba con un verso que decía “receta del goulash, tómese un pedazo de estrella y una / ortiga”.
Sergi había combatido en la Primera Guerra Mundial con el ejército austríaco. “En 1915 estuve en el frente, pero no maté a nadie y nadie quiso matarme a mí”, diría, y confesaría que “la única valentía que tengo es la de confesar mi cobardía, que es la condición biológica del hombre normal”. Dentro de sus juegos, de nuevo irónico, pero veraz, y varios años después, Cortázar le escribió una carta en la que le aclaraba: “Por otra parte presumo que usted guarda cuidadosamente todas mis cartas, ya que en el futuro habrán de publicarse en suntuosas ediciones y usted se beneficiará con menciones como ésta: ‘El coronel Osokovsky, cuya fotografía no aparece aquí, fue uno de los corresponsales más fieles del gran cuentista J.C.’. Ya ve su conveniencia de guardar mis cartas. Por otra parte, si usted me manda todos su grabados, yo me ofrezco a guardarlos celosamente, para retribuirle la atención”.
Cuando Juan Domingo Perón llegó a la presidencia, Cortázar renunció a sus cátedras en la Universidad de Cuyo, Mendoza. No quería hacer parte del peronismo. Luego, muy luego, aclaró en una entrevista que él había confundido el fenómeno del peronismo, y por aversión a sus nombres, sus sujetos, había ignorado “que con Perón se había creado la primera gran convulsión, la primera gran sacudida de masas en el país; había empezado una nueva historia argentina. Esto es hoy clarísimo, pero entonces no supimos verlo”. En el 46 retornó a Buenos Aires y trabajó en la Cámara del Libro. Vivía solo, convencido de ser “un solterón irreductible, amigo de muy poca gente, melómano, lector a jornada completa, enamorado del cine, burguesito ciego a todo lo que pasaba más allá de la esfera de lo estético, traductor nacional”. Su obra evolucionaría, desde allí, hacia el compromiso social y las revoluciones de Cuba y de Nicaragua, y hacia las Revoluciones.
“La verdadera cara de los ángeles / es que hay napalm y hay niebla y hay tortura. / La cara verdadera / es el zapato entre la mierda, el lunes de mañana, / el diario”. En los 60, Cortázar escribía ya a favor del negro y el cholo y en contra del franco, que era Franco y eran todos los fascistas que en el mundo hubieran sido y fueran, pero aún le quedaba la lucha. “Digamos que mis decisiones políticas ya estaban tomadas y daban hacia la izquierda, pero no pasaban de una opinión (…). En cambio, la revolución cubana me mostró, me metió en algo que ya no era una visión política teórica, una postura política meramente oral”, escribía. Luego concluía que tanta ofensa, tanta humillación, debían desembocar en algo, “hay que hacer algo y tratar de hacerlo”. Lo hizo con sus libros y sus palabras. Con ellos, por ellos, taladró conciencias, transformó pensamientos, cambió vidas, aunque tal vez no lo llegara a saber.
Oliveira, su Horacio Oliveira de Rayuela, decía: “Nadie negará que el problema de la realidad tiene que plantearse en términos colectivos, no en la mera salvación de algunos elegidos. Hombres realizados, hombres que han dado el salto afuera del tiempo, y que se han integrado en una suma, por decirlo así... Sí, supongo que los ha habido y los hay. Pero no basta, yo siento que mi salvación suponiendo que pudiera alcanzarla, tiene que ser también la salvación de todos, hasta el último de los hombres. Y eso, viejo... Ya no estamos en los campos de Asís, ya no podemos esperar que el ejemplo de un santo siembre la santidad, que cada gurú sea la salvación de todos los discípulos”. Cortázar cedió derechos de autor en pro de Nicaragua, se enfrentó a unos y a otros, pues, como solía repetir, “jamás escribiré expresamente para nadie, mayorías o minorías”, y fue en sí mismo una revolución estética y literaria. Sin lo sagrado del mandala, pero con el juego de una rayuela, siempre.


Presentación de los libros Memoria diaria de un condenado y La ciudad de los amores ajenos a cargo del poeta cartagenero Juan Carlos Céspedes, en Combarranquilla de Boston

La verdadera historia la escriben los poetas Por Juan Carlos Céspedes Hubo una época en que al poeta se lo consideró un ser con especiales dotes, casi como una criatura sobrenatural. Podemos incluso inferir que los primeros brujos de las tribus de las comunidades antiguas podían haber sido poetas por su capacidad de creatividad. Hoy sabemos que de sus mentes luminosas florecieron mitos que dieron lugar a religiones y que de sus epopeyas brotaron naciones poderosas, y en ambos casos, todavía sus obras, de alguna manera, siguen vigentes. Con el desarrollo de las ciencias y las investigaciones quedó al descubierto el hombre detrás del poeta, pero esto no fue óbice para que siguiéramos admirando a esos personajes maravillosos, incluso, la admiración aumenta, pues ya no se trata de seres que reciben un singular toque mágico que les confiere ventaja sobre sus semejantes, sino que son de carne y hueso como nosotros. En ciertas etapas de la historia se los llamó vates por su capacidad de adivinar, de vaticinar. Mas el tiempo se encargó de desmitificar estos conceptos tan místicos, definiciones que obviamente no resistían el simple análisis. Pero no sea crea que la cosa está resuelta del todo. En la actualidad sabemos que hay personas, y es el caso de Tito Mejía Sarmiento y Pedro Conrado Cúdriz, que sí poseen una cierta capacidad de vaticinar, no ya en el sentido de hacer poesía como quien dice lo que va a suceder, sino como un atributo de poder entrar con su sensibilidad en la profundidad de las cosas, de desentrañar su esencia, su significancia, sus posibilidades. Pedro Conrado es poeta desde su razonamiento profundo, de su visión panorámica que lo ve todo, hasta los detalles más simples, incluso esos que los demás no vemos por ir demasiado aprisa detrás de esa apuesta perdida en que se ha convertido la vida. Tito Mejía es pura piel, pero no la piel del sólo erotismo, sino la piel como un receptor de emociones y sensaciones, la piel como trampa que lo captura todo. La ciudad lo ve, pero ojo, el poeta también ve a la ciudad y le desnuda sus sombras, los argumentos que ella usa contra las personas que como él la viven, la padecen y la sufren. Pedro nos da su poesía desde lo que parece un diario, pero no nos equivoquemos, nada más lejano de la verdad. No es un diario desde el estricto sentido que ello tiene, es un mero vestido que utiliza para llegar a nosotros, y ya sabemos perfectamente que la poesía hace tiempo rompió el límite de estas simplicidades. Su recorrido va desde marzo hasta octubre de lo que podría ser el año 2004, pero que valdría también para cualquier año, pasado o venidero, pues los hechos humanos son cíclicos y siempre aparece el mismo hombre repitiéndose una y otra vez. Y de una cosa sí estoy convencido, y es que los grandes poetas se caracterizan por la vigencia de sus palabras. Tito Mejía es un poeta exuberante, de una temática amplia, que pasa del erotismo a lo social con una facilidad pasmosa. Lo que sucede es que esa propensión que tenemos para colocar etiquetas lo quiere encasillar en lo erótico, sin embargo su trabajo en este libro desmiente y desvirtúa esta afirmación. El manejo de las historias que nos cuenta a través de la poesía, nos habla de un hombre profundamente lírico y vital, y que tiene muchas cosas que decir, porque nada hay más lamentable que un falso poeta, domesticador de palabras, haciendo arquitectura con su vanidad. Nos será falso, ya que detrás de sus palabras no hay vivencia y mucho menos emoción. Es el mármol sin el cincel de Miguel Ángel Siempre he pensado que allí donde hay un poeta, y aquí tenemos dos, y muy buenos, hay un testigo fiel. Dicen que la historia la escriben los vencedores, pero yo digo que la verdadera historia la escriben los poetas. Tito, querido, Pedro, hermano mío, qué buena idea este libro estilo cara y sello que nos habéis regalado, dos obras tan distintas, pero unidas en una sola y fundamental característica: el respeto por la palabra. Barranquilla hoy te digo que puedes sentirte orgullosa de estos creadores, igual para Santo Tomás, matria, como decía Unamuno, de estos dos poetas, Yo, por mi parte, me siento complacido de estar esta noche con ustedes y les doy las gracias por el honor de compartir sus creaciones conmigo. Al público asistente, no duden en adquirir esta bella obra, pues la historia de la literatura se hace de momentos como este. 
En Radio Autónoma, en el programa  Agenda Cultural del Caribe. Con Tito Mejía, poeta, Guillermo Mejía, director del programa, Pedro Conrado, poeta, y Raúl Correa de A. Departimos dos horas leyendo los poemas de los libros.

viernes, 22 de febrero de 2013


El oficio de no escribir
Por: Héctor Abad Faciolince                                                                                         

Uno de los poemas más célebres de Jaime Gil de Biedma, el gran poeta catalán que escribía en castellano, se titula “De Vita Beata”. En uno de los versos sobre la vida ideal y serena con la que sueña, se equipara la escritura con el sufrimiento y también con la molestia de pagar las cuentas. El poema es breve y dice así:
En un viejo país ineficiente
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No
leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
Todos hemos escrito a veces con un placer gozoso, e incluso hay escritores que dicen haber escrito siempre en ese estado de placentera beatitud. Pero escribir a diario, siguiendo el viejo precepto de Nulladies sine linea, ni un día sin una línea, puede ser también una tortura, un esfuerzo superior a nuestras fuerzas, y una frustración cotidiana cuando los resultados no se compadecen con nuestro esfuerzo ni con nuestras expectativas. Yo opino que hay dos tipos de escritura, y que una de ellas nos lleva, más que la otra, a la angustia y al desaliento, cuando no al conocido bloqueo del escritor, o incluso peor, al abandono de la profesión, o incluso un poco más allá, hacia el abismo, como diré luego. Intentaré explicarme.
La gran disyuntiva de nuestra profesión consiste en escribir con un propósito o sin ningún propósito, con un plan o sin un plan, con una idea clara o sin tener ni idea, con una meta trazada de antemano (y que por lo tanto podemos saber si la alcanzamos o no) o sin ninguna meta conocida, haciendo camino al andar, como en los archifamosos versos de Machado. La conocida angustia del escritor frente a la página en blanco es la misma angustia de un místico que no oye o que no siente la presencia de Dios. Aguza la vista y el oído, pero no percibe ningún signo que llegue del más allá. La página está en blanco y el Espíritu Santo, las Musas, el Ser, lo que sea, nadie nos dicta nada. La quietud y el bloqueo ante la página en blanco, en realidad, es sordera: no es que nadie nos dicte palabras al oído, sino que no las oímos. Sentarse a escribir sin ninguna idea, sin un objetivo claro, sin una meta, produce un tipo de escritor más angustiado. Otra cosa es saber lo que se hará, incluso antes de sentarse frente a la hoja en blanco: la escritura dirigida a un fin, la escritura instrumental. Quiero explicar la complejidad del número Pi. O bien me dirijo al gobierno de la ciudad para pedirle que corten o que no corten el árbol que hay al frente de mi casa; para pedirle que arreglen la acera o recojan la basura, o para denunciar a un vecino que hace ruido o que expende drogas. O una amiga ha perdido a su único hijo: debo escribirle una carta de condolencias; es una querida amiga, estamos sufriendo sinceramente por su dolor y queremos que ella entienda que nuestra solidaridad es sentida y franca. En estos últimos casos no hay angustia frente a la página en blanco. Si mucho hay esfuerzo por traducir al lenguaje unos pensamientos específicos que ya están listos en nuestra cabeza. El trabajo consiste en encontrar las palabras precisas y en combinarlas de una manera adecuada que consiga transmitirle al otro, un lector concreto, lo que está en nuestra mente: ser claro al explicar lo complejo del número Pi; convencer al funcionario de que actúe de determinada manera, hacerle saber a la amiga lo que realmente sentimos y, de ser posible, generarle algún consuelo con las palabras. Si el municipio resuelve cortar el árbol, o no cortarlo, según nuestros deseos, sabemos que nuestra escritura ha sido exitosa, que hemos cumplido o hemos fracasado.
Pero otras veces nos sentamos a escribir sin saber qué historia vamos a contar. Hay una cosa abstracta con una cierta forma que se llama cuento o novela o poema, y a esa cosa abstracta aspiramos: aspiramos a que las palabras se conviertan en un cuento o en una novela o en una poesía. En este caso es como quien empieza a comer sin apetito (más aún: ¡sin comida!), y por el mismo arrastre del pensamiento, por el solo acto de masticar aire o de escribir sin ganas, se va entusiasmando y sigue y sigue hasta sentirse lleno. Si tiene suerte, a alguna parte llega. “Yo no busco, encuentro”, decía Picasso. Se traza una línea sobre el lienzo o sobre el papel y esa línea me lleva a otra que empieza a adquirir forma de algo. De repente vemos que vamos hacia un caballo, y el caballo se va formando no porque tuviéramos el plan de dibujar un caballo, sino porque las primeras líneas casuales me llevaron al caballo. Una cosa es el pintor que se planta frene a un paisaje y lo pinta, y otra el pintor que en un taller se para frente a un lienzo sin saber lo que hará y simplemente unta el pincel con el color de un óleo y lo apoya sobre la tela. Hay que escribir una primera letra, A, B o C, o una primera frase. Así se puede empezar escribir cualquier cosa, y quizá lo mejor sea comenzar del modo más convencional.
Uno de mis más amados héroes literarios es un perro. No es un perro andaluz ni catalán, sino gringo. Se llama Snoopy y es el perro de Charlie Brown, el de las tiras cómicas de Peanuts, que en Colombia eran conocidas como los cómics de Carlitos. No voy a hacer ahora, al estilo de Umberto Eco, una fenomenología semiótico retórica de las estrategias narratológicas de Snoopy. Me voy a limitar a uno de los hallazgos más graciosos y duraderos de Charles M. Schulz, su creador. El 12 de julio de 1965 Snoopy se sentó ante su máquina de escribir mecánica puesta encima del techo de su perrera de tablas, y empezó a escribir la novela extraordinaria que lo volvería famoso hasta el final de la Historia:
It was a dark and stormy night.
Era una noche oscura y tempestuosa.

Según parece, esta es una frase tomada de una no muy buena y sí muy florida novela victoriana escrita por el barón Edward Lytton, en 1830. Este origen no importa mucho. Lo importante es que “Era una noche oscura y tempestuosa” ha pasado a ser, para muchos, el emblema perfecto de la dificultad de escribir y, más aún, del bloqueo de un escritor. Snoopy quiere escribir “The Great American Novel”, la Gran Novela Americana. Incluso hace un intento, la manda a una editorial, y un redactor le contesta entusiasmado haciéndole el siguiente elogio: “Your novel has a veryexcitingbeginning”. Su novela tiene un comienzo apasionante.
El caso es que una y otra vez, a lo largo de los años, Snoopy se sienta en el techo de su perrera y empieza de nuevo la Gran Novela que escribirá algún día: “Era una noche oscura y tempestuosa”. A veces improvisa variaciones: “Era una hermosa mañana de primavera”, “Era un perrito oscuro y tempestuoso”, “Era un joven oscuro y tempestuoso”, “Era una tarde oscura y tempestuosa”, “Era un tempestuoso y oscuro mediodía”… A continuación arranca el papel de la máquina de escribir, lo arruga y aprieta con los dedos, y lo tira hacia atrás, al suelo, donde hay ya una constelación de papeles descartados. Como usted, como yo, como cualquier novelista, Snoopy no sabe bien cómo empezar, y la mayor parte de lo que escribe va a dar a la basura.
Todo novelista, todo poeta, es consciente de la importancia que tiene en un libro la primera frase, el primer verso. Incluso Dios sabe muy bien que uno no puede empezar un libro sagrado con cualquier versículo: En el principio era el Verbo. Y compitiendo con Dios todos los escritores nos esmeramos en producir, quisiéramos inventar, un principio memorable y prodigioso: Nel mezzo del cammin di nostra vita. Cuando me paro a contemplar mi estado. En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme. Call me Ishmael. Los matrimonios felices se parecen todos; los infelices lo son cada uno a su manera. Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Por mucho tiempo he estado acostándome temprano. Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. ¿En qué momento se jodió el Perú? No he querido saber, pero he sabido…
Todos estos son principios justamente célebres de poemas, de novelas, de Evangelios. Pero si uno no es Dios, ni Kafka, ni Tolstoi, hay que empezar de alguna manera. Así sea diciendo: Era una noche oscura y tempestuosa. O bien, fingiéndonos más originales: “Era una límpida y hermosa mañana de primavera.” Y seguir, con el impulso: Los pájaros cantaban en los árboles. De repente se oyó el graznido inusual de un ave desconocida; un graznido que jamás se había oído por allí. Snoopy se sobresaltó, quitó la vista del libro que estaba leyendo y buscó con los ojos el origen de aquel graznido espantoso. Entonces lo vio, parado en la rama más alta del palo de mango. Era un ….” Y según lo que sea, según lo que Snoopy se imagine o decida que esa cosa parada en el árbol sea, la historia se formará de una o de otra manera, tomará un rumbo realista o fantástico, mágico o habitual: si era un ángel, o un caballo, o una lora, o una mujer desnuda, o un ave Fénix, o un platillo volador, o un aparato con un sonido grabado, la historia tomará uno u otro rumbo diferente.
A muchos escritores les gusta escribir así, sin una meta trazada de antemano, sin un plan. Otros, en cambio, por algún motivo de talante o carácter, prefieren una escritura más parecida a la escritura con un fin determinado: saben exactamente desde el principio qué es lo que quieren contar, casi como el traductor, que sabe de antemano qué va a traducir, y cuántas páginas durará su travesía. Primero han elaborado un plan, un plano en su cabeza, una historia completa: irán delineando unos personajes y una trama, antes siquiera de poner una sola palabra en el papel; sabrán lo que sucede al final y lo que en cada capítulo va a acontecer. Saben la edad de los personajes, su estado civil, sus enfermedades, su posición social, sus ingresos mensuales, el nombre de sus hijos, el tamaño de su casa, el barrio en el que vive, su religión, todo. Cuando todo se sabe de antemano, escribir una novela se parece al oficio de traducirla: el traductor traduce de un papel ya escrito, el escritor traduce de un mapa mental completo y, como el traductor, va escogiendo las palabras. Casi como escribir una carta de negocios, o un alegato jurídico, solo que en una prosa más literaria.
La escritura argumentativa (las columnas de opinión para la prensa, de las que muchos vivimos) es también de este tipo: hay una tesis política, hay un hecho, y tenemos una opinión determinada, unos argumentos, queremos sentar una posición. Se trata de hallar ejemplos, silogismos, entimemas, y demostrar nuestro punto de vista.
La palabra poética, en cambio, se parece más a la escritura del otro tipo, a la escritura sin un claro propósito. Yo me la represento siempre como si el poeta fuera un aparato altamente sensible, como un radar que buscara captar señales de vida de otra galaxia, o mejor, de un modo más realista, como un sismógrafo. El poeta está quieto, en silencio, o caminando, o en medio de una gran algarabía, pero siempre con el sensor encendido. De repente algo empieza a vibrar en el sismógrafo: estoy en Antioquia pero percibo un gran terremoto en la China; es una vibración levísima, imperceptible para cualquier ser humano, menos para mí, que trazo en el papel unas líneas inhabituales que dicen: “terremoto en la provincia de Sichuan”. El poeta percibe en el fondo de su mente las vibraciones más tenues de la realidad humana y así como el sismógrafo traza en el papel unas líneas significativas, así el poeta traduce a las palabras su oscura, lejana, leve percepción. El poeta mira, siente, percibe y escribe: pueden ser unos versos muy sencillos, como estos de Robert Frost:

Some say the world will end in fire,
Some say in ice.
From what I’ve tasted of desire
I hold with those who favor fire.
But if I had to perish twice,
I think I know enough of hate
To say that for destruction ice
Is also great
And would suffice.
O estos otros de Santa Teresa:

Mira que el amor es fuerte,
Vida, no me seas molesta,
Mira que sólo te resta,
Para ganarte, perderte;
Venga ya la dulce muerte,
Venga el morir muy ligero,
Que muero porque no muero.
¿De dónde pueden haber salido esas palabras? Espontáneas no son: hay que tener lecturas y algún conocimiento de métrica, de ritmo y de prosodia: pero eso es simplemente acomodar las señales del sismógrafo a una especie de alfabeto que se llama lenguaje poético: el alfabeto poético está hecho de ritmos, de sonidos, de repeticiones. Como el músico oye un tema musical antes de oírlo, así el poeta percibe un tema poético antes de traducirlo a las palabras. Un tema que está hecho de ideas y sonidos.
Cuando uno se plantea la escritura, incluso la escritura en prosa, de este modo más poético, a la manera del sismógrafo que espera registrar algo que no se sabe, pero que en algún momento se percibirá en alguna parte del mundo, la vida puede ser muy angustiosa. Por eso, cuando envié mi propuesta de esta charla, la planteé de la siguiente forma: “escribir angustia tanto que todo puede terminar muy mal, en un hotel de mala muerte en Turín o en cualquier otro sitio. Como al escribir nos enfrentamos con lo más hondo, con lo más sucio y lo más limpio del yo, puede decirse que el de escribir es un oficio tan peligroso como el de un desarmador de bombas.” Voy a tratar de explicar por qué el oficio de escribir es peligroso.

Se dice, con más razón que sorna, que el único riesgo profesional de los poetas es el suicidio. No sé si hay estadísticas, pero tengo la impresión de que los escritores se suicidan más, proporcionalmente, que los mortales de otras profesiones. Si hago un censo mental, muchos nombres se me vienen a la mente, desde la antigüedad hasta hoy, mujeres y hombres: Safo, Lucrecio, Séneca, José Asunción Silva, Mariano José de Larra, Virginia Woolf, Salgari, Trakl, Leopoldo Lugones, Mishima, Alejandra Pizarnik, Hemingway, Sylvia Plath, María Mercedes Carranza, SándorMárai… Ustedes seguramente conocerán el nombre de algún poeta o novelista neerlandés que yo no he leído, estoy seguro de que existe. Yo les doy el de un antioqueño: Camilo A. Echeverri. Hace un par de años, la gran promesa de la narrativa estadounidense, David Foster Wallace, fue hallado ahorcado en el garaje de su casa: un novelista de 48 años, muy sensible y muy inteligente, que ya en otras ocasiones había pedido que lo protegieran de su propia pulsión de quitarse la vida.
Primo Levi le dedica el sexto capítulo de Los hundidos y los salvados al suicidio de Jean Améry, ese escritor austríaco que se puso un nombre afrancesado, pues por odio a Alemania odiaba también el sonido de su nombre alemán (Hans Mayer, y Améry es el anagrama de Mayer). Dice Levi que “su suicidio, como todos, admite una nebulosa de explicaciones”. Esa misma nebulosa se ha empleado después para tratar de explicar el suicidio del mismo Levi, llevado a cabo -al parecer- más para evadir la enfermedad que para huir de las pesadillas memoriosas de Auschwitz. Ocurrió en 1987, aunque con la ambigüedad que muchos suicidas prefieren, de modo que las familias puedan aferrarse a la duda de un accidente: se precipitó por el hueco de las escaleras del edificio donde vivía, en el barrio de la Crocetta, en Turín, sin dejar carta de despedida ni dar antes noticia de sus intenciones.

No hace mucho se celebró el centenario del nacimiento de Cesare Pavese, otro homicida de sí mismo, en la misma ciudad del norte de Italia. Esto me llevó a releer páginas de su diario. Ahí, al final, y poco antes de que se matara, dejó escrito: “Los suicidas son homicidas tímidos. Masoquismo en vez de sadismo.” Maupassant (que se murió de enfermo un año después de intentar suicidarse) lo definió de un modo casi inverso: “El suicidio es el sublime valor de los vencidos.” La última entrada del diario de Pavese, el 18 de agosto, me ha dado siempre escalofrío: “Sin palabras. Un gesto. No volveré a escribir.” Y diez días después, el 27 de agosto, se encerró en un cuartico de hotel de mala muerte, el Hotel Roma de Turín, donde se tomó un frasco de barbitúricos y dejó escritas todavía un par de frases más: «Perdono tutti e a tuttichiedo perdono. Va bene? Non fatetroppipettegolezzi.» “A todos les perdono y a todos pido perdón. ¿Está bien? No hagan muchos chismes”. Y por supuesto el chismoseo empezó de inmediato: la causa de su suicidio, dijeron los más, era la impotencia. A los impotentes literarios les encanta la impotencia sexual de los escritores. Cuando no explican por ella el suicidio, por ella explican la dedicación a las letras. Por la impotencia han querido explicar la grandeza literaria de Borges, como una compensación freudiana, pues a un argentino, necesariamente, hay que darle una explicación freudiana.
Pavese murió en la soledad de un cuarto de hotel, pero hay escritores a los que no les gusta suicidarse solos. Heinrich von Kleist cambió varias veces de novia hasta que al fin una, HenrrietteVogel, aceptó quitarse la vida con él, a orillas del lago Wannsee, cerca de Berlín. El lugar del suicidio de esta pareja es hoy un sitio de peregrinación. Se trata de un ricón apacible, bucólico, como si los románticos escogieran con gusto incluso el sitio de su muerte. Otros suicidas en compañía fueron Arthur Koestler y Stefan Zweig. El primero se quitó la vida en un pacto suicida con su tercera esposa, Cynthia Jefferies. También Zweig lo hizo con su esposa, LotteAltmann, en Persépolis, Brasil, donde se había refugiado a raíz de las persecuciones a los judíos durante la segunda guerra mundial. El suicidio de Koestler, otro judío perseguido por los nazis, obedeció más a sus convicciones a favor de la eutanasia: estaba enfermo de Parkinson y leucemia. Lo raro es que su esposa estaba sana como una manzana.
Albert Camus, que murió en un accidente sin visos de suicidio (aunque hay quien diga que fue un asesinato de los servicios secretos soviéticos), dejó escrito lo siguiente al principio de El mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.”

Algunos escritores, más que cartas, dejan libros completos sobre su ánimo suicida. Henri Roorda van Eysinga, un escritor suizo no muy leído hoy en día, y es una lástima, terminó su último ensayo Mi suicidio, poco antes de pegarse un tiro en el corazón, a los 55 años, en 1925, y después de una vida dedicada al humor y a la defensa de la educación libertaria. Allí, en Mi suicidio dejó escrito: “Amo enormemente la vida. Pero para gozar el espectáculo hay que ocupar una buena butaca, y en la tierra la mayoría de las butacas son malas.” Antes de quitarse la vida, Jean Améry escribió también un libro extraordinario sobre el suicidio (Levantar la mano sobre uno mismo) donde explica que la primera lógica de la que escapa el suicida es la del axioma que está a la base del comportamiento vitalista de casi todos los entusiastas: “la vida es el bien supremo”. Si esto se niega, “la vida no es el bien supremo”, o si no siempre lo es, o si en determinadas circunstancias la vida es lo contrario, un gran peso y un gran mal, se entenderá mejor el salto que dan, que deben dar, los suicidas. Su mundo no es nuestro mundo. Así lo dijo Wittgenstein (un suicida de los que no se matan, también hay muchos de estos) en uno de sus aforismos: “El mundo de quien es feliz es otro distinto al mundo del que es infeliz.” El suicida, al darse una muerte libre, voluntaria, quiere hacer cesar ese mundo para él infeliz.
Por no entender este pensamiento elemental (que a veces la vida no es buena) los estados y las religiones han perseguido durante mucho tiempo el suicidio, calificándolo de delito y de pecado. En algunos países, incluso, se llegaba al absurdo de castigar el suicidio con la pena de muerte. Toman el cuerpo exánime del suicida, lo cuelgan y lo exponen al escarnio público, para que aprendan. De alguna manera la Iglesia, al prohibir que los suicidas fueran “enterrados en sagrado”, castigaba con la pena del destierro (del cementerio) a los suicidas, considerados como “discípulos de Judas”. En Colombia, algunas mentes abiertas, hace ya más de un siglo, fundaron un cementerio para ateos, masones y suicidas, El Cementerio Libre de Circasia. Por valientes como ellos, y para no perder clientes en sus ceremonias de entierro (los ritos de paso son una de sus mayores fuentes de ingreso), la posición de la Iglesia Católica se ha vuelto más compasiva.
Hay quienes se matan tranquilos, planeándolo muy bien; otros, en un arranque repentino de autodestrucción. Unos sobrios, otros drogados. El poeta colombiano Juan Manuel Roca desaconseja que nos matemos borrachos: “Es el problema del alcohol -dice-; alguien puede suicidarse y al día siguiente no acordarse de nada.” Es un chiste, pero podría no serlo. Un gran experto inglés en suicidios literarios, A. Alvarez, intentó suicidarse, borracho, una noche de Navidad, después de una terrible disputa con su mujer. Se despertó tres días después sin acordarse de nada, pero con la sensación de que ya sería para siempre un suicida frustrado. A veces el intento serio de suicidarse una vez, quita para siempre las ganas de suicidarse, no sé por qué. También él escribió un estudio estupendo sobre el suicidio: El dios salvaje.
Creo que la raza de los escritores suicidas, pero indecisos, se han inventado otro tipo de estrategia para no matarse, y para ni siquiera intentarlo. Me refiero a los escritores que, en vez de dar el salto, trasladan el propio suicidio a sus personajes. Así hizo Shakespeare con Ofelia, Romeo y Julieta, Goethe con el joven Werther, Tolstói con Anna, Flaubert con Madame Bovary y Schnitzler con el subteniente Gustl. Es raro, pero si uno suicida a alguien en un libro, se experimenta una muerte que de alguna manera sacia la ansiedad por la propia muerte. Lo sé por experiencia propia. En su teoría de los ex – futuros Unamuno habla de esto. Werther, dijo Unamuno, es el ex futuro suicida de Goethe.
Otros, en cambio, se despiden con ira. Me gusta la furia final de Chatterton: “Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos. / Amantes de la riqueza, adoradores del engaño.” Piensa uno en los ladrillos de nuestras ciudades, y lo entiende. Supongo que si el cuerpo no tiene el buen gusto de morirse a tiempo, uno tiene el deber ineludible de matarse.
Mientras llega ese último instante de lucidez en las tinieblas, habrá que seguir viviendo. Sí, viviendo, aunque tal vez con el mismo sentimiento de culpa que escribió una vez Thomas Bernhard en sus memorias: “Nada he admirado más durante toda mi vida que a los suicidas. Me aventajan en todo, yo no valgo nada y me agarro a la vida, aunque sea tan horrible y mediocre, tan repulsiva y vil, tan mezquina y abyecta. En lugar de matarme, acepto toda clase de compromisos repugnantes, hago causa común con todos y cada uno, y me refugio en la falta de carácter como en una piel nauseabunda pero cálida, ¡en una supervivencia lastimosa! Me desprecio por seguir viviendo.”
¿Por qué es tan peligroso el oficio de escribir? El bloqueo, la sordera sideral, es una de las explicaciones. Juan Rulfo nunca se suicidó, pero sí se alcoholizó. Durante años estuvo diciendo que estaba a punto de terminar su segunda novela, La Cordillera. ¿Por qué todo el mundo tenía que exigirle que escribiera otra novela? ¿No era suficiente con Pedro Páramo? ¿Por qué tiene que sonarle a uno la flauta más de una vez en la vida? ¿Para vivir, para ganar dinero, para que las editoriales ganen dinero? Hugo von Hoffmannsthal, en su famosa Carta de lord Chandos, explica por qué renuncia a escribir. La realidad es inefable, dice, y se va a dedicar a contemplarla en silencio. Si a los escritores, después de haber escrito algo, nos dejaran en paz, podríamos dedicarnos a contemplar en silencio la realidad, que es muda, o que ya no nos habla a nosotros. Y aunque ya no nos hable, podríamos seguir viviendo hasta morirnos, sin tener que matarnos antes de tiempo o sin decir la mentira de que estamos a punto de terminar una interesante novela que se llamará La Oculta.
La presión es mucha; la ajena, pero sobre todo la propia, esa lápida que nos ponemos sobre la nuca al escoger este oficio. Hay que seguir escribiendo. O no escribir, y matarnos. O no matarnos, ni escribir, sino irnos a vivir a una cabaña en las montañas o en un pueblo junto al mar. O fingir que escribimos. Tal vez esta sea la mejor solución. O escribir, aunque sea mal; lo que uno simplemente debe hacer es coger una página en blanco, apoyar encima el bolígrafo, y empezar: Era una noche oscura y tempestuosa.

Conferencia en el Instituto Cervantes de Utrecht, Holanda. Enero de 2011.